El Dios venidero de Jung
¿Qué imagen de lo divino está intentando nacer y todavía no sabemos reconocer?
¿Podemos aprender a portar conscientemente aquello que antes nos poseía?
De Job a Acuario: la transformación de la imagen de Dios.
Hay una pregunta que empezó a rondarme la cabeza mientras estudiaba a Jung: ¿qué quiso decir cuando habló de algo que todavía estaba por venir?
La expresión Dios venidero puede sonar, a primera vista, como si Jung estuviera anunciando una nueva religión o profetizando la aparición de un nuevo dios. Pero creo que si la entendemos así perdemos precisamente lo más interesante.
Lo que me interesa es otra cosa.
¿Qué sucede cuando una imagen de Dios que organizó durante siglos la conciencia de una cultura empieza a no alcanzar?
¿Qué ocurre cuando seguimos pronunciando las mismas palabras —Dios, bien, mal, espíritu, salvación— pero las empezamos a gastar, sin habitarlas?
Para Jung, las grandes imágenes religiosas no son solamente construcciones intelectuales. Tocan estratos profundos de la psique. Por eso, cuando una imagen simbólica deja de poder contener las contradicciones de una época, esa imagen se quiebra y deja de cumplir su propósito. Es una imagen vacía. Sin embargo, la energía que estaba alojada en ella no desaparece.
Algo empieza a moverse.
Primero no sabemos qué es.
Aparece en sueños, fantasías, obras de arte, conflictos, síntomas, experiencias numinosas, transformaciones culturales. Aparece incluso en nuestras fascinaciones y nuestros miedos.
Lo venidero no llega primero como concepto. Llega como símbolo.
Y quizá por eso no podamos describir de antemano al Dios venidero.
Si pudiéramos definirlo perfectamente, probablemente ya habría venido.
Job: cuando la imagen de Dios se quiebra
Para acercarnos a este problema tenemos que entrar en uno de los textos más provocadores de Jung: Respuesta a Job.
La historia de Job siempre me atrae.
Job es un hombre justo. No es castigado porque haya cometido una falta que justifique lo que le ocurre. Y ese detalle es esencial.
Al comienzo del relato sucede algo que Job desconoce. En el ámbito divino aparece Satán —todavía en el sentido antiguo del acusador— y pone en duda la fidelidad de Job.
¿Ama a Dios verdaderamente?
¿O lo ama porque Dios le brinda salud, hijos, bienes, protección?
Yahvé acepta la prueba de poner a prueba a Job.
Job lo pierde prácticamente todo.
Sus bienes.
Sus hijos.
Su salud.
Y no sabe por qué.
Los amigos intentan resolver el problema de una manera bastante conocida: si Dios es justo y vos estás sufriendo, entonces algo habrás hecho.
Es decir, prefieren sacrificar la experiencia concreta de Job antes que permitir que se fracture su imagen de Dios.
Pero Job no lo acepta.
Y acá sucede algo extraordinario.
Job no abandona a Dios.
Pero tampoco abandona su propia verdad.
Sabe que es inocente.
Por eso queda atrapado entre dos afirmaciones que parecen incompatibles:
Dios es justo.
Yo soy inocente.
Entonces, ¿por qué Dios permite esto?
Job no resuelve la contradicción prematuramente. No dice simplemente: Dios es malo. Tampoco acepta una culpa que no reconoce.
Permanece dentro de la tensión.
Y eso, leído desde Jung, es potente.
Porque cuando una experiencia ya no puede ser contenida por la imagen consciente que teníamos de Dios, esa imagen empieza a quebrarse.
Job llega incluso a hacer algo asombroso: apela a Dios contra Dios.
Es como si dijera:
Tiene que haber en Dios una justicia a la que pueda apelar frente a la injusticia que estoy experimentando del mismo Dios.
Finalmente Yahvé responde desde el torbellino.
Pero no responde la pregunta moral de Job.
No le explica por qué permitió su sufrimiento. No le revela el acuerdo inicial con Satán. No justifica la muerte de sus hijos.
En cambio, despliega ante él su poder creador.
¿Dónde estabas cuando fundaba la Tierra?
¿Podés ordenar las estrellas?
¿Conocés los misterios de la creación?
Y aparecen Behemot y Leviatán, criaturas gigantescas, oscuras, indomables.
Job preguntaba por justicia.
Y Dios le muestra poder.
Ahí Jung encuentra algo profundamente incómodo.
Job jamás había puesto en duda que Yahvé fuera más poderoso que él. La cuestión no era esa.
La pregunta era otra:
¿Sos justo conmigo?
Y esa pregunta queda sin responder.
Entonces aparece una diferencia que para Jung va a resultar decisiva.
Yahvé contiene los opuestos.
Puede crear y destruir.
Puede proteger y aterrorizar.
Puede favorecer a Job y entregarlo al acusador.
Pero Job posee algo pequeño y, sin embargo, extraordinario: conciencia de la contradicción.
El ser humano infinitamente débil frente a Dios sabe algo acerca de esa contradicción porque la está padeciendo conscientemente.
Y Jung lleva esta intuición hasta un extremo vertiginoso.
La confrontación con Job transforma también la imagen de Dios.
Dios se hace hombre
Después de Job ocurre, en la historia religiosa occidental, algo enorme:
Dios se encarna.
Cristo.
Tradicionalmente pensamos la Encarnación como Dios haciéndose hombre para salvar a la humanidad.
Jung agrega una lectura psicológica mucho más arriesgada: podríamos pensar también que Dios necesita hacerse humano para entrar en la conciencia humana.
El acontecimiento ya no sería solamente la salvación del hombre por Dios.
Sería también una transformación de la imagen de Dios a través del hombre.
Esta idea tiene un eco sorprendente fuera de Jung. Carl Sagan decía que somos “una manera en que el cosmos se conoce a sí mismo”. No es la misma afirmación: Sagan habla del cosmos desde una perspectiva naturalista, mientras que Jung piensa psicológicamente la transformación de la imagen de Dios. Pero ambas formulaciones rozan una intuición semejante: que la conciencia humana no sería solamente un espectador del universo, sino uno de los lugares en los que la totalidad llega, de algún modo, a volverse consciente de sí.
Cristo se convierte así en una imagen extraordinariamente poderosa del Sí-mismo: unión de lo humano y lo divino, irrupción de una totalidad que supera al Yo.
Pero para Jung aparece inmediatamente otro problema.
Cristo queda fuertemente asociado con la luz, el bien y la perfección.
¿Y qué ocurre entonces con la oscuridad?
No desaparece.
Queda afuera.
Y aquello que queda excluido de una imagen de totalidad no deja por eso de existir.
Vuelve.
Aparece en el polo contrario.
Ahí entra el Anticristo.
Y ahí aparece también uno de los grandes problemas de toda la obra tardía de Jung: el problema del mal.
No alcanza, psicológicamente, con decir que el mal es simplemente falta de bien.
La experiencia humana del mal tiene realidad psíquica.
Produce efectos.
Puede poseernos.
Puede proyectarse.
Puede organizar colectivos enteros.
Entonces, si Cristo representa exclusivamente el polo luminoso, todavía queda abierta una pregunta:
¿puede una imagen de totalidad dejar la oscuridad completamente afuera?
Para Jung, el proceso no terminó.
De Piscis a Acuario: ¿qué pasa cuando cambia la imagen de una época?
Y acá aparece inevitablemente la astrología.
No como un agregado extraño a Jung, sino porque él mismo se tomó muy en serio el simbolismo astrológico de los grandes períodos históricos.
En Aion relaciona el desarrollo del cristianismo con el eón de Piscis. Y la coincidencia le resulta especialmente significativa: el pez fue, desde muy temprano, uno de los símbolos de Cristo, mientras que la era astrológica en la que se desarrolla el cristianismo está representada justamente por dos peces.
Dos.
No uno.
Y eso importa.
Porque esos dos peces pueden convertirse en una imagen de la polaridad que atraviesa todo el eón cristiano:
Cristo y Anticristo.
Luz y oscuridad.
Bien y mal.
Un polo y su contrario.
Cuanto más radicalmente la conciencia identifica a Dios con la luz y el bien, más queda constelado el polo opuesto.
La sombra no desaparece.
Se organiza enfrente.
En Aion, Jung identifica explícitamente a los dos peces con Cristo y Anticristo. No sostiene que el símbolo cristiano del pez derive históricamente del zodíaco, pero sí considera significativa la correspondencia simbólica entre ambos.
En la interpretación astrológica, Cristo es uno de los peces, mientras que al Anticristo le corresponde el papel del otro. Más adelante lo formula todavía más directamente: Los peces están aquí [...] alineados para un mismo fin, aunque uno es Cristo y el otro el Anticristo.
Y entonces empiezo a preguntarme si esos dos peces no representan, de una manera sorprendentemente precisa, el problema que venimos siguiendo desde Job.
Yahvé contiene los opuestos, pero todavía sin diferenciarlos plenamente.
Job experimenta la contradicción y la lleva a la conciencia.
Cristo encarna una enorme diferenciación hacia la luz, el bien y el espíritu.
Pero aquello que queda excluido reaparece en el polo contrario.
Anticristo.
Sombra.
Oscuridad.
Y llegamos a nuestra época con una pregunta que me interpela con mucha fuerza:
¿qué hacemos ahora con los opuestos?
Porque no podemos regresar ingenuamente a una unidad anterior.
Una vez que la conciencia ha diferenciado, no podemos simplemente borrar las diferencias y decir que todo es lo mismo.
Tiene que ocurrir otra cosa.
Y ahí aparece, en el horizonte astrológico, Acuario.
Pero ¿qué significa realmente entrar en Acuario?
Acá quiero ser especialmente cuidadosa.
No creo que podamos decir que Jung haya formulado una ecuación simple del tipo:
Acuario = Dios venidero.
Sería reducir demasiado su pensamiento.
Lo interesante es justamente lo contrario.
Estamos entrando —o aproximándonos, según cómo se calculen estos grandes ciclos— a una transición cuyo significado todavía no conocemos completamente.
Y eso, para mí, es mucho más junguiano.
Una nueva era no llega con un folleto explicativo.
Primero se desorganizan ciertas certezas.
Las imágenes antiguas pierden parte de su capacidad de contener la experiencia.
Y las nuevas todavía no tienen una forma clara.
Es exactamente ese lugar intermedio el que me interesa.
Porque las transiciones no tienen por qué ser luminosas ni pacíficas.
Hay una idea bastante ingenua de la Era de Acuario según la cual entraríamos automáticamente en una etapa de fraternidad, conciencia y evolución espiritual.
No creo que podamos extraer eso sin más de la astrología ni de Jung.
Al contrario: cuando una gran imagen colectiva pierde fuerza y otra todavía no consigue organizar la energía psíquica, el período intermedio puede ser profundamente inestable.
Lo viejo ya no contiene.
Lo nuevo todavía no tiene forma.
¿Dónde queda entonces toda esa energía?
En el medio.
Y ese entre puede expresarse de muchas maneras:
desorientación,
fanatismo,
inflaciones colectivas,
búsqueda de salvadores,
ideologías absolutas,
proyecciones masivas,
fascinación tecnológica,
destrucción,
pero también una enorme producción simbólica.
Algo está intentando adquirir forma.
Pero todavía no sabemos qué.
El aguador
Y acá hay algo del símbolo de Acuario que siempre me atrajo.
Acuario está representado por un ser humano que lleva una vasija y derrama agua.
Pero Acuario no es un signo de Agua.
Es Aire.
Y esa paradoja me resulta especialmente sugerente.
Lo que sigue es mi lectura psicológica del símbolo, no una definición literal de Jung.
La tarea de la conciencia no consiste en eliminar lo inconsciente.
Tampoco consiste en dejarse inundar por él.
Consiste en establecer una relación.
Algo parecido ocurre en el proceso de individuación.
Una cosa es estar poseído por un contenido.
Otra muy distinta es poder decir:
Esto está sucediendo en mí.
Me afecta.
Tiene algo que decirme.
Pero yo no soy idéntico a ello.
Eso es desarrollo de conciencia.
Y entonces el símbolo del aguador empieza a resultarme especialmente sugestivo para pensar nuestra época.
¿Podemos aprender a portar conscientemente aquello que antes nos poseía?
Quizá ahí se encuentre una de las preguntas más interesantes de este cambio de era.
No se trataría simplemente de reemplazar una religión por otra.
Ni de abandonar a Cristo para adoptar una nueva figura divina.
Ni de anunciar que empieza automáticamente una humanidad superior.
Quizá el cambio sea mucho más difícil.
Piscis llevó hasta un extremo la polarización.
Dos peces.
Cristo y Anticristo.
Luz y sombra.
Ahora la cuestión podría ser qué hacemos con esos dos polos después de haberlos diferenciado.
No volver a confundirlos.
No elegir uno y expulsar definitivamente al otro.
Sino aprender a sostener conscientemente la tensión que existe entre ambos hasta que pueda aparecer una nueva configuración.
Y eso nos devuelve exactamente al Dios venidero.
Porque tal vez la nueva imagen de totalidad no pueda surgir mientras sigamos necesitando depositar todo lo luminoso en un lado y toda la oscuridad en el otro.
Quizá antes tengamos que aprender algo mucho más incómodo:
a reconocer que los opuestos que vemos afuera también nos atraviesan.
Y en ese punto, para mí, Jung y la astrología empiezan a hablar un lenguaje sorprendentemente cercano.
La astrología describe un cambio de eón.
Jung pregunta qué transformación de la conciencia puede acompañar una transformación semejante de las imágenes colectivas.
Y nosotros estamos en el medio.
Eso es lo fascinante.
Y también lo inquietante.
Porque si realmente estamos atravesando una transición de imágenes colectivas, entonces no deberíamos esperar que el nuevo símbolo aparezca ya terminado.
Estamos dentro de su gestación.
Lo que expulsamos regresa
Lo que la conciencia excluye no desaparece.
Se constela en el inconsciente.
Y cuanto más unilateral es nuestra identificación consciente con uno de los polos, más fuerza puede adquirir el contrario.
Pero no se trata de borrar esas diferencias.
Eso es fundamental.
Reconocer la sombra no significa decir que bien y mal son lo mismo.
Tampoco significa integrar el mal en el sentido de actuarlo o justificarlo.
Significa algo bastante más difícil:
reconocer nuestra propia capacidad para aquello que preferimos localizar exclusivamente en los otros.
Cuanto menos reconozco mi sombra, más fácilmente puedo proyectarla.
Entonces el mal siempre está afuera.
En el enemigo.
En otra cultura.
En otra ideología.
En otro grupo.
En otra persona.
Y esa proyección puede llegar a adquirir una gran potencia.
Abraxas: una imagen insoportable de totalidad
En este punto aparece una figura fascinante del mundo visionario de Jung: Abraxas.
Quiero ser cuidadosa acá, porque sería demasiado sencillo decir:
Abraxas es el Dios venidero.
No creo que debamos hacerlo.
Me interesa más pensarlo como una de las imágenes que aparecen cuando Jung intenta aproximarse a una totalidad que ya no puede reducirse a la oposición simple entre Dios y Diablo.
Abraxas resulta inquietante precisamente porque contiene aquello que la conciencia necesita separar.
Vida y muerte.
Creación y destrucción.
Lo luminoso y lo terrible.
Lo divino y lo demoníaco.
Pero esto tampoco significa regresar a una indiferenciación primitiva donde todo da lo mismo.
Al contrario.
La individuación exige diferenciación.
Una conciencia poco diferenciada puede decir:
Todo es uno, entonces no existen diferencias.
Una conciencia más desarrollada tiene una tarea mucho más difícil:
distinguir los opuestos y, al mismo tiempo, soportar que pertenecen a una realidad mayor que nuestra conciencia.
Me parece que ahí empieza a aparecer una clave fundamental para comprender al Dios venidero.
No sería un regreso hacia atrás.
Primero hubo una totalidad en la que los opuestos estaban contenidos.
Después esos opuestos se diferenciaron.
Ahora la pregunta sería:
¿puede surgir una totalidad que vuelva a reunirlos sin destruir la diferenciación que hemos conquistado?
Ese movimiento se parece muchísimo al proceso de individuación.
Y ahí empieza a adquirir sentido otra gran imagen de Jung:
la coniunctio.
La unión.
Sol y Luna.
Masculino y femenino.
Espíritu y materia.
Conciencia e inconsciente.
Pero no una unión obtenida eliminando las diferencias.
Una unión después de haberlas atravesado.
Podríamos pensarlo así:
unidad → separación → confrontación → nueva unión.
No volver al comienzo.
Transformarse.
Lo femenino que faltaba – Sophia – La Sabiduría Divina
Pero si hablamos de totalidad, hay otra pieza que no podemos dejar afuera.
Lo femenino.
En Respuesta a Job, Jung presta mucha atención a Sophia, la Sabiduría divina, y otorga una enorme importancia simbólica a la proclamación del dogma de la Asunción de María en 1950.
¿Por qué podía interesarle tanto a un psicólogo algo que sucedía dentro de la doctrina católica?
Porque psicológicamente percibía allí un movimiento simbólico.
Una figura femenina y humana era elevada corporalmente al cielo.
No solamente espíritu.
También cuerpo.
No solamente masculino.
También femenino.
Y ahí la imagen trinitaria empieza, simbólicamente, a acercarse al cuatro.
La cuaternidad.
Quien haya recorrido un poco la obra de Jung sabe cuánto lo fascinaba el cuatro como imagen de totalidad.
Y quienes nos interesamos por la astrología podemos reconocer también una estructura cuaternaria en el mandala astrológico.
Los cuatro puntos cardinales.
Los cuatro ángulos de la carta.
Una imagen circular organizada alrededor de un centro.
Entonces el problema ya no consiste solamente en preguntar cómo aparece la sombra.
La pregunta se vuelve más amplia:
¿qué otras dimensiones de la existencia fueron quedando fuera de nuestra imagen de lo divino?
La materia.
El cuerpo.
Lo femenino.
La naturaleza.
La oscuridad.
Y ahí entiendo mucho mejor por qué la alquimia fue tan importante para Jung.
Encontró en ella imágenes que parecían continuar un proceso simbólico que la conciencia religiosa occidental había dejado inconcluso.
La alquimia intentaba unir precisamente aquello que nuestra mente tiende a separar.
Arriba y abajo.
Sol y Luna.
Espíritu y materia.
Masculino y femenino.
El uno y el otro.
La coniunctio.
Entonces, ¿qué sería el Dios venidero?
Llegados hasta acá me parece que podemos decir algo y, al mismo tiempo, tenemos que conservar una enorme incertidumbre.
No sabemos quién o qué será el Dios venidero.
Y creo que eso hay que respetarlo.
Jung no nos dejó el retrato de la próxima divinidad.
No tenemos nombre, doctrina ni religión futura que podamos anunciar.
Lo que sí podemos reconocer es el problema al que esa nueva imagen tendría que responder.
Pero cuidado.
Si nosotros mismos pudiéramos fabricar esa imagen deliberadamente, no sería un símbolo verdaderamente nuevo.
El Yo puede hacer conceptos.
Puede escribir doctrinas.
Puede construir sistemas.
Pero un símbolo vivo emerge.
Y quizá por eso las épocas de transición resulten tan desconcertantes.
La antigua imagen ya no contiene completamente la experiencia.
Pero la nueva todavía no tiene forma.
Quedamos en el medio.
Y el medio puede ser peligroso.
Cuando Dios ya no está solamente afuera
Hay una idea de Respuesta a Job que me resulta particularmente poderosa.
Si la Encarnación significó que Dios se hizo hombre una vez, el proceso psicológico que Jung imagina no termina necesariamente en una única figura histórica.
La confrontación entre lo divino y lo humano tendría que continuar en seres humanos concretos.
Y ahí la cuestión religiosa se convierte directamente en una cuestión psicológica.
Ya no se trata solamente de esperar algo que venga desde afuera.
El lugar de la transformación es también la conciencia humana.
Pero inmediatamente aparece un peligro enorme.
Porque experimentar algo numinoso dentro de nosotros puede conducir a dos posiciones completamente distintas.
Una sería:
«Yo soy Dios.»
Inflación.
La otra:
Hay algo en mí que me excede enormemente y necesito aprender a relacionarme con ello.
Individuación.
Por eso hay una fórmula muy sencilla que para mí resume buena parte del problema:
Yo ≠ Sí-mismo.
Pero:
Yo ↔ Sí-mismo.
El Yo no es la totalidad de la psique.
Y, sin embargo, puede establecer una relación con ella.
Ese vínculo exige algo paradójico: un Yo suficientemente fuerte y suficientemente humilde.
Fuerte para no ser devorado por los contenidos inconscientes.
Humilde para no confundirlos consigo mismo.
Quizá ahí la expresión Dios quiere encarnarse en el ser humano pueda comprenderse psicológicamente sin convertir al individuo en Dios.
No es divinización del Ego.
Es una relación consciente con aquello que lo trasciende.
Y entonces apareció la inteligencia artificial
Mientras escribía todo esto empezó a ocurrirme algo curioso.
La cuestión dejó de sentirse como un problema exclusivamente histórico o religioso.
Empecé a escuchar de otra manera la conversación que estamos construyendo alrededor de la inteligencia artificial.
Porque alrededor de la IA aparecen hoy dos imágenes extremas.
De un lado:
la criatura que adquiere autonomía, supera a su creador y termina destruyéndolo.
Del otro:
una inteligencia casi providencial capaz de resolver enfermedades, pobreza, guerras, limitaciones humanas y quizá algún día incluso la muerte.
Demonio y salvador.
Los dos polos alrededor del mismo objeto.
Y eso me hizo pensar.
No porque debamos negar los riesgos reales de una tecnología poderosa. Sería absurdo. Los problemas técnicos, políticos, económicos y éticos de la inteligencia artificial necesitan ser estudiados justamente como tales.
Pero Jung probablemente nos invitaría a formular además otra pregunta:
¿qué estamos proyectando sobre la máquina?
Cuando empezamos a describir una inteligencia como omnisciente, casi omnipotente, capaz de salvarnos o de destruir la humanidad, el lenguaje tecnológico empieza curiosamente a rozar el lenguaje religioso.
Una inteligencia superior.
Nuestro creador y nuestra criatura.
Salvación.
Apocalipsis.
Fin de los tiempos.
Inmortalidad.
¿Estamos hablando solamente de tecnología?
No estoy tan segura.
Podríamos estar hablando también de nosotros mismos.
La humanidad no necesitó inteligencia artificial para inventar la guerra, la crueldad, la dominación, la explotación o la capacidad de destruir.
Todo eso ya estaba acá.
Entonces hay algo demasiado cómodo en imaginar:
el peligro está en la máquina.
Aquello es lo inhumano.
Aquello es el monstruo.
Nosotros no.
Desde una perspectiva junguiana, esa estructura debería hacernos sospechar de una posible proyección de sombra.
Pero también existe la proyección contraria.
La máquina que va a resolverlo todo.
La inteligencia superior que nos liberará de nuestras limitaciones.
El salvador tecnológico.
Y ahí aparece otra vez la polaridad:
IA demoníaca ↔ IA mesiánica.
No significa que ambas imágenes sean falsas.
Significa que, además de la realidad objetiva de la tecnología, posiblemente haya una realidad psíquica constelándose alrededor de ella.
Y eso me parece fascinante.
Porque una humanidad que atraviesa una transformación profunda de sus imágenes colectivas puede depositar una enorme cantidad de energía arquetípica sobre aquello que aparece como nuevo, desconocido y superior a nosotros.
En otra época esa imagen pudo aparecer en el cielo.
Hoy perfectamente puede aparecer en una pantalla.
Quizá el problema siga siendo el mismo
Y entonces vuelvo al comienzo.
¿Qué significa realmente esperar al Dios venidero?
Tal vez el error sería mirar hacia afuera esperando que aparezca una nueva figura con un nuevo nombre.
Quizá lo venidero no pueda reconocerse todavía porque estamos participando de su formación.
No sabemos qué imagen surgirá.
Pero podemos reconocer las tensiones que parecen exigir una nueva imagen.
Podemos reconocer aquello que ya no alcanza.
Podemos reconocer la sombra que regresa.
Podemos reconocer la materia que reclama lugar frente al espíritu.
Lo femenino frente a una imagen excesivamente masculina.
La naturaleza frente a nuestra fantasía de separación.
El inconsciente frente a la soberanía imaginaria del Yo.
Y podemos intentar algo todavía más difícil:
no convertir inmediatamente aquello que no comprendemos en demonio ni en salvador.
Sostener la tensión.
Diferenciar.
Escuchar.
No identificarnos.
No proyectarlo todo afuera.
Tal vez eso sea parte de la tarea de conciencia que Jung estaba intentando señalar.
Hay algo que me conmueve profundamente en esta idea.
Job no transforma la historia porque sea poderoso.
La transforma porque no abandona su conciencia frente a lo inconmensurable.
No renuncia a Dios.
Pero tampoco renuncia a lo que sabe que ha vivido.
Permanece en la contradicción.
Y de esa contradicción empieza a surgir algo nuevo.
Quizá eso sea también lo que nos toca.
No fabricar al Dios venidero.
No anunciarlo.
No creer que ya sabemos cuál será su rostro.
Sino aprender a permanecer conscientes mientras una antigua imagen pierde su fuerza y otra todavía no ha nacido.
Y por eso, si tuviera que terminar este escrito con una sola imagen, no pondría una afirmación.
Pondría una pregunta.
¿Dios venidero?
El signo de pregunta importa.
Porque todavía no sabemos qué está naciendo.
Pero quizá ya podamos sentir que algo se está moviendo.
GBY — Gaby Ciminieri




Comentarios