Eclipse lunar en Piscis: la última imagen antes de comenzar un nuevo viaje
- Gabriela Ciminieri

- hace 11 minutos
- 8 min de lectura
Una nueva serie de símbolos de transformación
El 28 de agosto, un eclipse lunar a 4°53′ de Piscis nos devuelve por última vez a una temática que venimos recorriendo desde hace aproximadamente dieciocho meses. Antes de comenzar el nuevo viaje Leo–Acuario, quizá sea momento de mirar hacia atrás: ¿quiénes éramos cuando comenzó este ciclo y quiénes somos hoy?
Hace poco, cuando los nodos cambiaron al eje Leo–Acuario, les propuse comenzar a mirar el cielo como una serie de símbolos de transformación.
Publiqué entonces un artículo e hice un podcast con ese nombre porque me interesa pensar los movimientos celestes no solamente como acontecimientos aislados, sino como imágenes que forman parte de un proceso.
Una imagen conduce hacia otra. Un tránsito abre una pregunta. Otro la tensiona. Algo se desarrolla, alcanza un punto de máxima intensidad y, finalmente, comienza a agotarse.
Y nosotros también nos transformamos mientras atravesamos esa serie.
El próximo 28 de agosto tendremos una de esas imágenes especialmente potentes: un eclipse lunar con la Luna a 4°53′ de Piscis frente al Sol a 4°53′ de Virgo.
Mientras el nuevo viaje Leo–Acuario ya empieza a insinuarse, todavía queda algo del recorrido Virgo–Piscis que necesita ser visto.
Por eso este eclipse me lleva menos a preguntarme qué comienza que a preguntarme:
¿Qué está terminando?
Y, sobre todo:
¿Quién era yo cuando comenzó este ciclo y quién soy hoy?
Dieciocho meses después
Volvamos por un momento hacia atrás. Aproximadamente dieciocho meses.
¿Quién eras entonces?
¿Qué ocupaba tu mente? ¿Qué deseabas? ¿Qué intentabas controlar? ¿Qué situación necesitabas resolver?
¿Qué esperabas que una persona, un vínculo, un proyecto o la propia vida finalmente te dieran?
¿Quién creías que tenías que ser para sentir que las cosas estaban en orden?
Ahora mirá dónde estás.
Quizá muchas cosas hayan cambiado. Quizá exteriormente no tantas. Pero la pregunta más importante no es solamente qué ocurrió.
¿Qué cambió en vos mientras ocurría?
Porque muchas veces la transformación no se reconoce mientras está sucediendo.
Vivimos una pérdida, una decisión, una espera, una decepción, una relación que cambia de forma, un proyecto que no resulta como imaginábamos. Parecen acontecimientos separados.
Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos una serie.
Algo estaba intentando transformarse a través de todas esas experiencias.
Entonces podemos hacernos una pregunta diferente:
¿Qué ganaste durante estos dieciocho meses, incluso a través de aquello que perdiste?
Virgo–Piscis: el trabajo de diferenciar
El eje Virgo–Piscis puede mostrarnos simbólicamente una tensión entre discriminar y entregarse, ordenar y permitir, establecer límites y abrirnos a aquello que no podemos controlar.
Y en esa tensión aparece un concepto fundamental de la psicología de Jung: la diferenciación.
Diferenciar no significa separar compulsivamente.
Significa comenzar a reconocer qué es qué.
Una cosa es amar a alguien y otra estar identificado con ese vínculo.
Una cosa es tener un ideal y otra necesitar que la realidad responda a ese ideal para poder sostener nuestra identidad.
Una cosa es entregarse y otra desaparecer dentro de aquello a lo que nos entregamos.
Una cosa es buscar orden y otra intentar controlar lo que la vida todavía no puede resolver.
La diferenciación introduce una distancia:
Esto está ocurriendo en mí, pero esto no es la totalidad de lo que soy.
Tal vez una parte importante del recorrido Virgo–Piscis haya consistido justamente en mostrarnos dónde esa distancia todavía no existía.
Dónde nos confundíamos con lo que deseábamos. Con lo que esperábamos. Con lo que temíamos perder. Con la imagen que teníamos de nosotros mismos.
Un mismo cielo, una experiencia diferente para cada uno
Y aquí aparece otra distinción que me parece fundamental: arquetipo, configuración arquetípica individual y complejo.
El arquetipo pertenece al estrato colectivo de la psique. Habla de formas universales de experiencia humana.
Pero lo universal no se expresa de manera idéntica en cada persona.
Cada uno posee una configuración particular de esas posibilidades colectivas. Lo individual aparece precisamente en la forma específica en que esos elementos psíquicos se agrupan y combinan.
Y después está nuestra historia.
Nuestros padres. Nuestros vínculos. Nuestras heridas. Nuestras pérdidas. Nuestros deseos. Las experiencias que dejaron una carga afectiva.
Allí encontramos los complejos.
Los complejos se organizan alrededor de un centro cargado de afecto y poseen cierta autonomía. Por eso, cuando uno se constela, muchas veces no sentimos simplemente que estamos experimentando una emoción: sentimos que la emoción se apodera de la escena.
Por eso el mismo ciclo Virgo–Piscis pudo manifestarse de maneras muy diferentes.
Para alguien pudo aparecer como perfeccionismo; para otro, como sacrificio. Como dificultad para poner límites. Como necesidad de salvar a alguien o de ser salvado. Como idealización de un vínculo. Como obsesión por tener todo bajo control. Como incapacidad de aceptar una pérdida. Como una fantasía acerca de quién debería llegar a ser.
El cielo es colectivo. El modo en que esa imagen encuentra vida en nosotros es profundamente personal.
Por eso, frente a este eclipse, quizá la pregunta no sea solamente qué significa Piscis o qué significa Virgo.
La pregunta podría ser:
¿Qué complejo se consteló en mí alrededor de estas temáticas durante los últimos dieciocho meses?
Cuando un complejo habla por nosotros
Una de las maneras de reconocerlo es observar la intensidad.
Hay situaciones pequeñas que provocan reacciones enormes. Personas frente a las cuales dejamos de comportarnos como solemos hacerlo. Historias que repetimos aun cuando conscientemente sabemos que no queremos repetirlas.
Expectativas que continuamos sosteniendo cuando una parte de nosotros ya conoce la respuesta.
Momentos en los que sentimos que tenemos que hacer algo, conseguir algo, retener algo o evitar algo.
Ahí puede haber algo más que la situación presente.
Ahí puede estar hablando una historia.
¿Qué tema se repitió durante estos dieciocho meses?
¿Dónde reaccionaste una y otra vez de manera semejante?
¿Dónde intentaste controlar porque no podías tolerar la incertidumbre?
¿Dónde confundiste entrega con pérdida de tus propios límites?
¿Dónde necesitaste que alguien fuera aquello que imaginabas que era?
¿Dónde la realidad decía una cosa mientras vos todavía necesitabas creer otra?
No para juzgarlo.
Para verlo.
Porque aquello que podemos comenzar a observar deja poco a poco de poseernos de la misma manera.
Agotar una ilusión
Hay una palabra que me gusta especialmente para este eclipse:
Agotar.
No destruir. No negar. No expulsar.
Agotar.
Hay imágenes que necesitamos vivir hasta que entregan aquello que tenían para nosotros.
Un amor. Una expectativa. Un proyecto. Una identidad. Una manera de imaginar nuestro futuro.
Incluso una ilusión puede haber cumplido una función.
Tal vez necesitábamos creer determinada cosa para llegar hasta cierto lugar.
Tal vez necesitábamos proyectar sobre alguien una posibilidad que todavía no podíamos reconocer como propia.
Tal vez necesitábamos sostener una imagen de nosotros mismos hasta desarrollar los recursos para dejarla atrás.
El problema aparece cuando aquello que posibilitó una transformación se convierte después en aquello que impide continuarla.
Entonces la pregunta ya no es solamente:
¿Por qué no puedo tener lo que quería?
Sino:
¿Quién era yo mientras necesitaba que aquello fuera de determinada manera?
Y todavía más:
¿Quién podría ser si dejara de necesitarlo?
La Luna se oscurece
La imagen del eclipse es extraordinariamente sencilla.
La Luna llena debería encontrarse iluminada. Sin embargo, algo se interpone y la luz deja momentáneamente de alcanzarla como lo hacía.
La Luna continúa allí.
El Sol continúa allí.
Lo que cambia es nuestra imagen.
Quizá podamos pensar este eclipse de la misma manera.
Algo que durante estos meses estuvo cargado de significado puede comenzar a perder la luminosidad que tenía.
No necesariamente porque haya sido falso.
Tal vez simplemente porque la imagen ya entregó aquello que tenía que entregar.
Y aquí la Luna en Piscis adquiere una fuerza especial.
Piscis puede llevarnos hacia aquello con lo que nos fusionamos: el sueño, el ideal, la esperanza, la entrega, aquello que anhelamos y aquello en lo que, algunas veces, dejamos de distinguirnos.
Frente a ella, el Sol en Virgo pregunta:
¿Qué queda cuando empezamos a separar la experiencia de la identificación?
¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué imaginé?
¿Qué pertenece al otro? ¿Qué proyecté sobre él?
¿Qué todavía tiene vida?
¿Y qué sigo sosteniendo porque alguna vez me dijo quién era?
Limpiar no es borrar
Quizá allí podamos comprender mejor la limpieza que pide este final de ciclo.
Limpiar no significa tirar todo.
No significa declarar equivocada una historia porque terminó.
No significa negar un amor porque no continuó.
Tampoco significa desprendernos compulsivamente de personas o situaciones.
Limpiar es diferenciar.
Retirar poco a poco nuestra identidad de aquello que ya no necesita contenerla.
Podemos retirar una proyección sin destruir aquello sobre lo que proyectamos.
Podemos reconocer una idealización sin negar el amor que hubo.
Podemos aceptar que una imagen se agotó sin considerar un error haberla vivido.
Quizá eso sea verdaderamente cerrar un ciclo:
Poder conservar el significado sin necesitar conservar la forma.
Pero aparece un tercero
Y aquí la configuración del eclipse introduce algo decisivo.
El Sol está a 4°53′ de Virgo. La Luna, a 4°53′ de Piscis. Y Urano se encuentra alrededor de los 5° de Géminis, formando una cuadratura prácticamente exacta con ambos.
Ya no tenemos solamente una oposición.
Aparece un tercer factor.
Algo irrumpe en la lógica Virgo–Piscis.
Y esta imagen me lleva directamente a otro concepto central de Jung: la función trascendente.
Hay conflictos que no pueden resolverse eligiendo uno de los extremos.
Quiero quedarme, pero quiero irme.
Quiero controlar, pero necesito entregarme.
Sé que terminó, pero sigo esperando.
Una parte comprende y otra todavía está emocionalmente ligada.
¿Qué hacemos con esa contradicción?
Muchas veces intentamos eliminar uno de los polos. Decidimos cuál es el correcto y cuál debería desaparecer.
Pero algunos conflictos profundos necesitan otra cosa:
sostener la tensión.
Porque cuando podemos permanecer suficientemente frente a dos posiciones que parecen irreconciliables, puede comenzar a aparecer algo que antes no existía para nuestra consciencia.
Un tercero.
No un punto medio.
No una solución negociada para que todos queden conformes.
Una nueva posición.
Y eso cambia completamente la pregunta.
Quizá Urano no venga a responder el conflicto que veníamos sosteniendo.
Quizá venga a interrumpir la manera en que lo estábamos pensando.
Una conversación inesperada. Una información. Una ruptura. Una intuición. Un encuentro. Una idea que nunca habíamos considerado.
O simplemente la comprensión repentina de que llevábamos demasiado tiempo intentando responder una pregunta que ya no era la correcta.
Una serie de símbolos de transformación
Y entonces volvemos al comienzo.
Una serie.
Porque quizá el eclipse no pueda comprenderse aislado de aquello que estuvimos viviendo durante los últimos dieciocho meses.
Una imagen apareció.
Algo se consteló.
Un complejo adquirió energía.
Nos identificamos.
La vida tensionó esa identificación.
Algo comenzó a diferenciarse.
Y ahora, cuando la imagen parece agotarse, aparece la posibilidad de retirar de ella la energía necesaria para continuar.
Eso también es transformación.
No convertirnos mágicamente en alguien nuevo.
Sino dejar de necesitar algunas de las identificaciones que sostenían a quien fuimos.
Antes de comenzar Leo–Acuario
Mientras todo esto ocurre, una nueva serie ya comenzó a insinuarse.
Leo–Acuario.
Pero no quiero apresurarme todavía a llenarla de significados.
Habrá tiempo para recorrerla.
Porque entre una serie y la siguiente existe un momento que me parece especialmente valioso.
El momento en que la antigua imagen empieza a apagarse y la nueva todavía no adquirió una forma definida.
Un espacio intermedio. Un vacío.
Y nuestra tendencia suele ser llenarlo rápidamente.
Con otro proyecto. Otra relación. Otra explicación. Otra identidad. Otra certeza.
Quizá este eclipse nos invite a hacer algo diferente.
Permanecer un poco en ese espacio.
Mirar hacia atrás.
No para regresar, sino para reconocer el camino recorrido.
Algunas preguntas para acompañar este eclipse
¿Quién era yo hace dieciocho meses?
¿Quién soy hoy?
¿Qué gané atravesando este proceso?
¿Qué complejo pude reconocer?
¿De qué pude diferenciarme?
¿Qué ilusión, apego o identificación ya entregó aquello que tenía para darme?
¿Qué sigo sosteniendo solamente porque todavía no sé quién sería sin ello?
Y quizá una última pregunta:
¿Qué espacio quedaría disponible en mí si finalmente pudiera soltarlo?
No hace falta responder inmediatamente.
Tal vez ese espacio sea precisamente lo que necesitamos para comenzar el próximo viaje.
Porque una serie de símbolos de transformación no nos dice solamente qué está sucediendo en el cielo.
Si estamos dispuestos a entrar en relación con sus imágenes, puede ayudarnos a observar algo mucho más íntimo:
en quién nos estamos convirtiendo mientras las atravesamos.
Con el Cariño de siempre
GBY

Comentarios