El Eclipse del Narrador Cuando se oscurece la historia que nos contamos acerca de quiénes somos
- Gabriela Ciminieri

- hace 3 días
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El 12 de agosto, a las 17:46 UTC —14:46 en Argentina—, el eclipse alcanzará su máximo global. La totalidad recorrerá Groenlandia, Islandia y parte de España, donde el Sol se eclipsará casi sobre el horizonte. Desde Argentina no podremos verlo. Pero mientras en una parte del planeta el día se convierta fugazmente en noche, el Sol y la Luna estarán encontrándose en torno a los 20° de Leo.
Difícil imaginar una imagen más poderosa para hablar de identidad.
Leo es territorio solar. Es expresión, creatividad, voluntad de ser, necesidad de irradiar desde un centro. Es ese lugar íntimo desde donde pronunciamos, con mayor o menor certeza:
yo soy.
Y precisamente allí ocurre el eclipse.
La luz se oscurece en el territorio de la luz.
El centro desaparece de nuestra vista.
Pero hay algo esencial que conviene recordar desde el comienzo:
el Sol no se ha ido.
Quizá por eso no quiero acercarme a este eclipse preguntando qué acontecimientos traerá, qué signos serán los más afectados o qué deberíamos hacer para “aprovechar su energía”.
Me interesa otra pregunta.
Una bastante más incómoda:
¿qué ocurre cuando se oscurece la historia mediante la cual sabemos quiénes somos?
Porque todos poseemos una historia así.
Y nuestro cerebro participa activamente en contarla.
Hay una storyteller dentro de nosotros
La neurobiología contemporánea ha identificado un conjunto de regiones cerebrales conocido como Red Neuronal por Defecto, o Default Mode Network: la famosa DMN.
El nombre puede resultar engañoso. No se trata simplemente de un cerebro “en reposo”.
Esta red participa, entre otras cosas, cuando recordamos nuestra historia, pensamos en nosotros mismos, imaginamos el futuro, reconstruimos una conversación, evocamos un vínculo o tratamos de comprender qué significa para nosotros aquello que estamos viviendo.
Por eso me gusta llamarla, tomándome cierta licencia poética, la storyteller del cerebro.
La narradora. Y … cuando se nos va de control …. La rumiación.
La que toma fragmentos de memoria y dice:
esto me ocurrió a mí.
La que mira hacia adelante y dice:
esto podría sucederme.
La que vuelve sobre una escena del pasado y cambia una palabra, una intención, una mirada.
La que conecta ayer, hoy y mañana alrededor del personaje más persistente de nuestra existencia:
yo.
Este territorio me resulta especialmente cercano porque no llegué a él a propósito de este eclipse.
Desde hace tiempo vengo investigando el encuentro posible entre neurobiología, psicología junguiana y teoría de los complejos, y he desarrollado este cruce en mi libro todavía inédito, Cosmos, Psique y Cerebro.
Allí me interesa particularmente explorar las resonancias entre la Red Neuronal por Defecto y aquello que, desde la psicología analítica, podemos pensar en relación con el complejo del yo.
No porque sean lo mismo.
No lo son.
Ni porque Jung haya “anticipado” la DMN.
Sería forzar tanto a Jung como a la neurobiología.
Me interesa algo mucho más fértil: ponerlos a conversar.
Y difícilmente las efemérides podrían haber sido más oportunas.
Porque mientras vengo pensando desde hace tiempo en esa storyteller cerebral y en nuestra experiencia psicológica del yo, el cielo nos entrega una imagen formidable:
un eclipse total de Sol en Leo.
Un eclipse sobre el “yo soy”.
Jung había quitado al yo del trono
Hay algo profundamente junguiano en esta imagen.
Para Jung, el yo es el centro del campo de nuestra consciencia.
Lo necesitamos.
Nos permite decir “yo”, reconocernos a través del tiempo, orientarnos, decidir, relacionarnos con el mundo y construir una identidad.
Pero el yo no equivale a la totalidad de lo que somos.
En Aion, Jung diferencia el yo del sí-mismo: el primero ocupa el centro del campo consciente; el segundo remite a una totalidad psíquica mayor, que comprende consciente e inconsciente. (Jung, OC 9/2, §§ 1-9).
Ésta es una de esas ideas de Jung cuya verdadera dimensión quizá sólo comprendemos cuando la vida deja de coincidir con la imagen que teníamos de nosotros mismos.
Porque si el yo fuese todo lo que somos, perder nuestras referencias habituales sería una amenaza total.
Pero si somos más que aquello que sabemos acerca de nosotros mismos, entonces existe otra posibilidad:
que una crisis de identidad no sea necesariamente una pérdida del centro, sino una crisis de aquello que habíamos confundido con el centro.
Y aquí el eclipse comienza a hablar.
El Sol continúa allí.
Pero ya no podemos verlo.
Cuando la storyteller pierde el guión
Nuestra narradora necesita continuidad.
Toma recuerdos, expectativas, vínculos, heridas, deseos, triunfos y derrotas y construye con ellos algo parecido a una biografía interior.
Yo soy así.
Esto siempre me ocurre.
Yo necesito esto.
Esto no es para mí.
Ésta es mi historia.
Soy mala para las matemáticas.
A mí nunca me toca viajar como a mis hermanos.
Necesitamos esa continuidad. Sin ella sería muy difícil orientarnos psicológicamente.
Pero toda historia tiene un peligro:
podemos terminar viviendo dentro del relato que construimos acerca de nosotros mismos como si ese relato fuese la totalidad de lo que somos.
Y entonces llega algún momento de la vida en que el argumento deja de funcionar.
A veces sucede después de una pérdida.
A veces con un amor.
Con una separación.
Con un hijo que crece.
Con una mudanza.
Con el éxito, incluso.
Con el paso del tiempo.
Y a veces sucede sin que podamos identificar ningún acontecimiento extraordinario.
Seguimos teniendo el mismo nombre.
La misma biografía.
Quizá la misma profesión, la misma pareja, la misma casa.
Y sin embargo algo comienza silenciosamente a decir:
ésta ya no es exactamente mi historia.
Ese momento puede ser profundamente desconcertante porque la storyteller todavía intenta narrarnos utilizando el viejo guión.
Pero la psique ya empezó a moverse hacia otra parte.
El eclipse del “yo soy”
Aquí es donde los 20° de Leo adquieren para mí una resonancia especial.
Leo quiere irradiar.
Quiere crear.
Quiere reconocerse en aquello que expresa.
Necesita pronunciar el “yo soy”.
Pero un eclipse solar en Leo introduce una pregunta en medio de esa afirmación:
¿quién soy cuando aquello mediante lo cual me reconocía deja de iluminarme?
¿Quién soy si ya no soy indispensable para alguien?
¿Quién soy si aquella profesión deja de representarme?
¿Quién soy cuando el personaje fuerte se cansa de ser fuerte?
¿Quién soy cuando aquello que deseé durante años finalmente llega y descubro que no me completa?
¿Quién soy si dejo de sostener la imagen mediante la cual aprendí a recibir amor, reconocimiento o pertenencia?
Son preguntas leoninas.
Pero también son preguntas junguianas.
Porque la individuación no consiste simplemente en fabricar una versión mejorada del personaje consciente.
Implica, entre otras cosas, reconocer que la psique excede aquello que el yo conoce y acepta como propio.
Por eso quizá algunos momentos de oscuridad no estén destruyendo nuestra identidad.
Quizá estén aflojando una identificación.
No apresurarse a encender otra luz
Hay algo que hacemos muy rápidamente cuando una narrativa se rompe:
construimos otra.
Queremos saber inmediatamente qué significa lo ocurrido.
Qué debemos aprender.
Qué viene ahora.
Quiénes vamos a ser.
Incluso hemos aprendido a convertir las crisis en consignas de crecimiento con una velocidad sorprendente.
Pero la psique no siempre trabaja a esa velocidad.
Entre una identidad que ya no alcanza y otra que todavía no ha nacido existe un territorio intermedio.
Un lugar incómodo en el que podemos decir:
ya no soy exactamente quien creía ser, pero todavía no sé quién estoy siendo.
Quizá ése sea el verdadero territorio del eclipse.
No la destrucción.
No el comienzo inmediato.
La interrupción.
Un instante en el que la storyteller pierde el guión.
Y tal vez la renovación de la consciencia necesite precisamente eso.
No que dejemos de tener una historia.
Sino que, durante un momento, nuestra historia deje de tener la última palabra.
El Sol también conoce la oscuridad
Jung encontró una imagen extraordinaria en el simbolismo alquímico: el Sol niger, el Sol negro.
No voy a convertir aquí una compleja imagen alquímica en una interpretación astrológica automática. No son lo mismo.
Pero simbólicamente resulta difícil resistirse a su potencia.
Porque nos enfrenta con una paradoja:
también aquello que representa la luz puede contener una relación con la oscuridad.
Tal vez una consciencia verdaderamente viva no sea aquella que permanece siempre iluminada.
Tal vez sea aquella capaz de atravesar momentos en los que no comprende inmediatamente lo que está sucediendo. Y nunca mejor aplicada la frase popular que dice Para encontrarse hay que perderse.
Hay oscuridades que empobrecen.
Pero hay otras que retiran por un momento el exceso de luz con el que el yo iluminaba siempre los mismos lugares.
Y entonces comenzamos a ver otra cosa.
La corona
Hay un instante durante un eclipse total que me parece extraordinario.
Cuando el disco luminoso del Sol queda completamente oculto por la Luna, aparece algo que normalmente no podemos contemplar con la misma claridad:
la corona solar.
La propia luminosidad del Sol suele impedirnos verla.
Necesitamos que algo cubra su superficie brillante para que aparezca aquello que estaba allí todo el tiempo.
Quizá por eso quiero quedarme con esta imagen para el eclipse del 12 de agosto.
Porque tal vez existan aspectos de nosotros mismos que tampoco pueden hacerse visibles mientras nuestra identidad conocida ilumina toda la escena.
Tal vez algunas posibilidades necesiten que dejemos de responder tan rápidamente quiénes somos.
Tal vez algo de nuestra vida psíquica sólo pueda aparecer cuando el personaje principal guarda silencio.
Y entonces el eclipse deja de ser una amenaza sobre el Sol.
Se convierte en otra cosa.
En una pausa de la narrativa.
En una interrupción del “yo soy”.
En una oportunidad para preguntarnos qué parte de nuestra identidad sigue verdaderamente viva y cuál continúa existiendo solamente porque nuestra storyteller conoce demasiado bien esa historia.
Por eso, frente a este eclipse a los 20° de Leo, quizá la pregunta más interesante no sea:
¿qué me va a pasar?
Sino:
¿qué versión de mí necesita dejar de ocupar todo el cielo?
¿Qué relato acerca de mí misma continúo contando incluso cuando mi experiencia comenzó a contradecirlo?
¿Qué aparecería si dejara de esforzarme por sostener aquello que creo que debo ser?
¿Puedo tolerar durante un momento no saber quién estoy siendo?
El 12 de agosto el Sol desaparecerá de nuestra vista sin haberse ido.
El centro seguirá allí.
Invisible.
Y durante unos minutos, la oscuridad hará posible una paradoja bellísima:
ver algo del Sol que su propia luz nos impedía ver.
Quizá eso sea también renovar la consciencia.
No inventarnos inmediatamente una nueva historia.
Sino permitir que, por un instante, se oscurezca la antigua.
Dejar que la storyteller guarde silencio.
Y escuchar.
Porque detrás de la Luna,
invisible pero intacto,
el Sol nunca dejó de estar allí.
Un eclipse no viene a matar tu ego
Y hay algo importante que quisiera dejar en claro antes de terminar.
Alrededor de los eclipses se ha instalado una retórica que personalmente encuentro poco fértil: grandes cambios de identidad, versiones de nosotros mismos que deben morir, egos que debemos dejar atrás, vidas que estarían a punto de transformarse radicalmente.
No necesitamos dramatizar tanto al cielo.
Y, desde una perspectiva junguiana, tampoco necesitamos matar al ego.
Necesitamos un yo.
Un yo suficientemente consistente como para orientarnos en el mundo, elegir, crear, vincularnos y hacernos responsables de nuestra propia vida. El problema comienza cuando ese yo olvida que no constituye la totalidad de la psique y convierte su versión de la historia en la única posible.
Por eso prefiero pensar los eclipses de otra manera.
Los eclipses de Sol son también lunas nuevas y, simbólicamente, pueden pensarse como momentos de inicio, siembra e incubación. No necesariamente anuncian una nueva identidad ni exigen que la anterior muera.
Quizá nos inviten a algo mucho menos espectacular y bastante más profundo:
sembrar desde un yo un poco más amplio, menos aferrado a sus certezas, más dispuesto a admitir aquello que todavía no sabe de sí mismo.
Los eclipses de Luna, en cambio, ocurren en luna llena. Allí la imagen cambia: algo alcanza visibilidad, culmina o se revela. Podemos pensarlos como momentos en los que aquello que venía gestándose en zonas menos conscientes encuentra una forma de hacerse presente.
Unos incuban.
Los otros revelan.
Pero ninguno necesita convertirse en una orden cósmica de transformación personal.
El cielo no tiene por qué venir a destruir nuestra identidad.
A veces basta con que interrumpa por un instante la historia conocida para que podamos escuchar algo que nuestra storyteller, ocupada en explicarnos quiénes somos, no había dejado hablar.
Quizá ésa sea una forma menos espectacular —y para mí mucho más interesante— de comprender un eclipse:
no como la muerte del yo, sino como la posibilidad de que el yo deje de hablar solo.
Y recordá, en estas instancias, como en un eclispse solar, aparece algo que siempre estuvo allí pero que el propio resplandor impedía ver.
Porque quizá un eclipse no venga a pedirnos que matemos al ego, cambiemos de identidad ni nos convirtamos urgentemente en una nueva versión de nosotros mismos.
Quizá baste con dejar que, por un instante, el yo no tenga la última palabra.
Que la storyteller haga silencio.
Y ver qué aparece.
GBY — God Bless You in this Eclipse.
Gabriela Ciminieri

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