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ASTROLOGÍA FRECUENCIAL

1 oct
18 min de lectura

De la influencia de los planetas a una astrología del campo

Hay una pregunta que tarde o temprano aparece cuando estudiamos astrología:

¿Cómo puede un planeta, ubicado a millones de kilómetros, tener alguna relación con lo que ocurre en nuestra vida?

Durante mucho tiempo hablamos de influencias planetarias. Decimos que Saturno nos limita, que Urano produce cambios inesperados, que Neptuno disuelve o que Plutón transforma.

Pero ¿realmente los planetas nos hacen cosas?

La Astrología Frecuencial propone cambiar la pregunta.

En lugar de imaginar al ser humano por un lado y a los planetas por otro, podemos pensar que formamos parte de un sistema mucho mayor: la Tierra dentro del sistema solar, el sistema solar dentro de la galaxia y cada sistema participando de otros sistemas mayores.

Campos dentro de campos.

Desde esta perspectiva, un planeta no necesita ser pensado solamente como un objeto exterior que ejerce una influencia sobre nosotros. Puede ser comprendido como parte de una configuración energética de la que nosotros también participamos.

Y esto cambia profundamente nuestra manera de comprender una Carta Natal y los tránsitos.

La frecuencia antes que la forma

Imaginemos que estoy atravesando un tránsito fuerte de Marte.

Ese día estoy acelerada, irritable, apurada. Discuto con alguien, salgo de casa todavía enojada, cruzo la calle distraída y un auto me choca.

Podemos explicar perfectamente lo sucedido mediante causa y efecto: estaba alterada y desconcentrada, crucé sin suficiente atención y ocurrió el accidente.

La mirada frecuencial no niega esa explicación.

La incluye dentro de una escena mayor.

La irritabilidad, la aceleración del cuerpo, la discusión, el apuro, el movimiento, el impacto y el tránsito de Marte pueden ser observados como distintas formas en las que se expresa una misma cualidad energética.

Esto no significa que Marte haya mandado un auto para que me chocara.

Significa algo muy diferente.

Desde una mirada frecuencial, aquello que llamamos mundo interno y aquello que llamamos mundo externo pueden ser diferentes expresiones de una misma configuración.

La frecuencia es una.


Las formas que puede adoptar son muchas.

Marte puede expresarse como enojo, deseo, sexualidad, movimiento, competencia, decisión, inflamación, corte, confrontación, iniciativa o una enorme descarga de energía física.

La astrología deja entonces de preguntarse:

¿Qué me está haciendo Marte?

y comienza a preguntarse:

¿Qué cualidad del campo está tomando forma en este momento y de qué manera estoy participando de ella?

Aquí aparece una de las ideas centrales de la Astrología Frecuencial:

la primacía de la frecuencia por sobre la forma.

De la imagen a la frecuencia

Una parte fundamental de esta manera de comprender la astrología aparece en las investigaciones que Eugenio Carutti desarrolló especialmente en las últimas décadas de su obra.

Y aquí vale la pena detenernos, porque Carutti llega a formular algo extraordinariamente preciso.

En Ascendentes en Astrología propone comprender el Zodíaco como un patrón energético global y habla explícitamente de un sistema vibratorio: cada zona zodiacal vibra de una manera específica y esa cualidad puede materializarse en diferentes niveles.

Esto es decisivo.

Porque significa que aquello que nosotros reconocemos psicológicamente como Aries, Tauro, Géminis o Escorpio no agota en absoluto esas cualidades. Lo humano y lo psicológico constituyen solamente uno de sus niveles posibles de manifestación.

Carutti da todavía otro paso cuando diferencia las imágenes arquetípicas de las matrices vibratorias.

La imagen ya es una forma.

La matriz es anterior.

Una imagen arquetípica —el guerrero, la madre, el rey, el anciano, el amante— es una manera en que la conciencia puede representar una cualidad mucho más profunda.

Pero esa cualidad no se reduce a la imagen que utilizamos para reconocerla.

Y hay una idea todavía más potente.

Carutti plantea que cada Carta Natal no debería pensarse como una estructura autónoma y aislada, sino como una transformación particular de una matriz única del sistema solar.

Utiliza para ello una imagen bellísima: la ola y el océano.

Una ola tiene una forma particular. Podemos distinguirla, observarla, incluso seguir su recorrido.

Pero nunca estuvo realmente separada del océano.

Podemos pensar la Carta Natal de una manera semejante.

Es una configuración singular, sí.

Pero esa singularidad emerge de una matriz mayor de la que nunca deja de formar parte.

Y esto nos permite comprender por qué las imágenes astrológicas son extraordinariamente valiosas y, al mismo tiempo, por qué necesitamos aprender a atravesarlas.

Estamos acostumbrados a aprender astrología a través de imágenes.

Decimos que Aries es el guerrero, Tauro el constructor, Géminis el mensajero. Hablamos de Saturno como el padre o la autoridad, de Neptuno como el místico y de Plutón como el señor del inframundo.

Estas imágenes nos permiten acercarnos a cualidades muy difíciles de expresar mediante conceptos racionales.

El problema aparece cuando confundimos la imagen con aquello que la imagen intenta representar.

Desde esta perspectiva, antes que el guerrero existe una determinada cualidad energética que luego la conciencia humana puede representar mediante la imagen del guerrero.

La imagen es una de las formas posibles que encuentra nuestra psique para traducir una frecuencia.

Esto produce un cambio enorme en nuestra manera de pensar el Zodíaco.

Aries deja de ser solamente una colección de características humanas —impulsivo, competitivo, valiente, agresivo— y comienza a ser pensado como una cualidad mucho más primaria:

irrupción, inicio, impulso, dirección, emergencia de algo que busca manifestarse.

Esa cualidad puede aparecer en un ser humano, pero no necesariamente comienza ni termina en él.

Y aquí llegamos a uno de los aportes que más me interesan del pensamiento frecuencial de Carutti: dejar de colocar al ser humano en el centro de la astrología.

No estamos separados del campo

Nuestra percepción cotidiana divide constantemente la realidad.

Esto soy yo.


Aquello es el mundo.

Esto ocurre dentro de mí.


Aquello ocurre afuera.

Y, desde esa percepción, resulta lógico imaginar que los planetas están allá afuera y que de alguna manera ejercen una influencia sobre nosotros.

Pero ¿qué sucede si modificamos el punto de partida?

La Tierra forma parte del sistema solar.

Nosotros formamos parte de la Tierra.

Nuestros cuerpos, nuestros sistemas nerviosos, nuestros vínculos y nuestras experiencias ocurren dentro de ese sistema y no fuera de él.

Entonces podemos empezar a pensar al individuo no como una entidad aislada que recibe influencias externas, sino como una expresión local de una trama mucho mayor.

Carutti lleva esta idea hacia una comprensión vincular y sistémica de la astrología: el individuo no puede ser comprendido independientemente de los sistemas de los que participa.

La información no estaría simplemente dentro de una persona.

Aparece en la relación, en el vínculo, en la configuración.

Por eso podemos imaginar la realidad como campos dentro de campos:

el individuo dentro de un sistema familiar,


el sistema familiar dentro de una sociedad,


la sociedad dentro de la biosfera terrestre,


la Tierra dentro del sistema solar.

Cada nivel posee su organización particular y, al mismo tiempo, participa de organizaciones mayores.

Desde esta perspectiva, la Carta Natal deja de ser solamente un mapa de mi personalidad.

Puede ser comprendida como la representación simbólica de una configuración mucho más amplia de la que ese ser humano participa desde el instante de su nacimiento.

¿Entonces qué significa un tránsito?

Volvamos a Marte.

Si Marte transita un punto sensible de mi Carta Natal, la pregunta ya no sería:

¿Qué va a hacerme Marte?

Tampoco:

¿Qué acontecimiento me va a ocurrir?

Podríamos preguntarnos:

¿Qué cualidad está activa en el campo y qué formas está encontrando para manifestarse?

Tal vez aparezca como una enorme necesidad de movimiento.

Tal vez como irritabilidad.

Tal vez como deseo sexual.

Tal vez como una discusión.

Tal vez como la decisión de comenzar algo que llevaba años postergando.

Tal vez como una situación externa que exige reaccionar rápidamente.

La frecuencia no determina una única forma.

Y justamente por eso la astrología no debería reducirse a predecir acontecimientos.

El astrólogo observa una configuración y reconoce determinadas cualidades, tensiones y potencialidades. Pero la forma concreta en que esas cualidades se expresarán dependerá de múltiples niveles: el cuerpo, la historia personal, los vínculos, la cultura, el ambiente, el momento vital y el grado de conciencia con que esa experiencia pueda ser atravesada.

La Carta Natal no es el acontecimiento.


Es una matriz de posibilidades de expresión.

Y quizás allí se encuentre uno de los movimientos más profundos que propone una Astrología Frecuencial:

dejar de mirar el cielo buscando qué nos va a suceder

para comenzar a percibir qué cualidad de la vida está buscando forma.

Urano, Neptuno y Plutón: más allá de lo humano

Esta perspectiva se vuelve especialmente interesante cuando llegamos a Urano, Neptuno y Plutón.

Habitualmente los estudiamos a partir de sus manifestaciones psicológicas.

Urano puede aparecer asociado a la necesidad de libertad, la rebeldía o los cambios inesperados.

Neptuno, a la sensibilidad, la idealización, la confusión o la necesidad de fusión.

Plutón, al poder, el control, la intensidad, la destrucción y la transformación.

Todo eso puede ser válido.

Pero nuevamente estamos describiendo la forma humana que adopta una cualidad, no necesariamente la cualidad en sí misma.

¿Y si intentáramos ir un poco más atrás?

¿Qué queda de Urano si le quitamos al rebelde?

¿Qué queda de Neptuno si le quitamos al místico?

¿Qué queda de Plutón si le quitamos nuestras imágenes de muerte, poder e inframundo?

Ahí comienza a aparecer la dimensión no-humana de la Astrología Frecuencial.

Urano: discontinuidad y red

Antes que rebeldía, podríamos pensar a Urano como una cualidad de discontinuidad.

Algo irrumpe y modifica súbitamente una organización anterior.

Se rompe una secuencia.

Aparece una conexión que antes no podíamos percibir.

Algo que parecía separado se revela formando parte de una red mayor.

Cuando esta cualidad atraviesa la experiencia humana podemos vivirla como liberación, ruptura, innovación, vértigo, imprevisibilidad o necesidad de desprendernos de estructuras que ya no pueden contener lo nuevo.

Pero esas son nuestras formas de vivirla.

La cualidad uraniana es anterior a la historia que construimos alrededor de ella.

Neptuno: disolución de los límites

Con Neptuno sucede algo diferente.

La cualidad neptuniana tiende a desdibujar aquello que parecía claramente separado.

Las fronteras pierden definición.

Lo individual se vuelve permeable.

Aquello que estaba delimitado comienza a mezclarse con algo mayor.

En nuestra experiencia psicológica esto puede adquirir formas muy diferentes: sensibilidad, inspiración, empatía, entrega, idealización, confusión, fantasía o pérdida de referencias.

Pero nuevamente podemos preguntarnos:

¿es Neptuno todo eso?

¿O son esas las imágenes y experiencias mediante las cuales la conciencia humana intenta traducir una cualidad mucho más difícil de representar?

Plutón: concentración y transformación

Plutón nos lleva hacia otra experiencia.

Aquí encontramos concentración, intensidad, acumulación y transformación profunda de una forma.

Algo llega a tal grado de tensión que ya no puede continuar organizado de la misma manera.

La estructura anterior debe transformarse.

En el plano humano podemos vivir esta cualidad como lucha de poder, obsesión, intensidad emocional, sexualidad, miedo a perder, crisis, muerte simbólica o regeneración.

Pero Plutón tampoco se reduce a esas experiencias.

Esas experiencias serían algunas de las formas posibles que adopta una cualidad plutoniana cuando atraviesa nuestra organización psíquica, corporal y vincular.

El problema comienza cuando humanizamos el cielo

Hay algo profundamente antropocéntrico en imaginar que los movimientos planetarios existen para enseñarnos algo.

Decimos:

Saturno viene a enseñarme límites.

Plutón quiere que aprenda a soltar.

Urano me está obligando a cambiar.

Es un lenguaje útil y muchas veces nos ayuda a encontrar sentido.

Pero desde una perspectiva frecuencial podemos ir un poco más lejos.

El sistema solar no está organizado alrededor de nuestra biografía.

Los movimientos planetarios ocurren independientemente de nuestras necesidades personales.

Nosotros participamos de ellos porque formamos parte del mismo sistema.

Por eso un tránsito colectivo puede expresarse simultáneamente en innumerables niveles: personas, vínculos, grupos, instituciones, movimientos sociales y procesos naturales.

No porque el cielo esté enviando mensajes personalizados a cada uno de nosotros, sino porque todos participamos de una configuración mayor.

Esta idea modifica también el lugar del astrólogo.

Ya no se trata solamente de interpretar rápidamente:

Urano significa esto.

Neptuno significa aquello.

Plutón va a producir tal cosa.

Antes de interpretar, necesitamos aprender a observar.

Observar qué formas está tomando esa cualidad.

En el cuerpo.

En los vínculos.

En los acontecimientos.

En lo colectivo.

Y también en nosotros mismos mientras intentamos interpretarla.

Porque el astrólogo tampoco está fuera del campo que observa.

Una frecuencia, muchas formas

Llegamos entonces a una distinción fundamental.

La astrología psicológica nos ha enseñado muchísimo acerca de cómo experimentamos humanamente los símbolos astrológicos.

La Astrología Frecuencial no necesita descartar ese conocimiento.

Puede incluirlo.

Pero intenta ir un paso más atrás:

de la imagen a la cualidad,


del personaje al patrón,


del acontecimiento a la configuración,


de la influencia externa a la participación en un campo.

Urano no es solamente el rebelde.

Neptuno no es solamente el místico.

Plutón no es solamente el señor del inframundo.

Esas son extraordinarias imágenes humanas para aproximarnos a algo que quizás sea mucho más amplio que nosotros.

Y entonces aparece una pregunta diferente:

¿Qué ocurre cuando una cualidad no-humana del sistema solar encuentra forma en una conciencia humana?

Percy Seymour: ¿puede existir un mecanismo físico?

Llegados hasta aquí aparece inevitablemente una pregunta.

Si formamos parte del sistema solar y si aquello que ocurre en él puede formar parte de configuraciones mayores de las que también participa la vida terrestre, ¿existe algún mecanismo físico que permita pensar esa relación?

Aquí aparece una figura particularmente interesante: Percy Seymour.

Seymour fue astrónomo y astrofísico, nacido en 1938, y se atrevió a formular una pregunta que durante mucho tiempo resultó incómoda para el pensamiento científico:

¿podría existir algún mecanismo natural que explicara, al menos parcialmente, ciertas correlaciones observadas por la astrología?

Su respuesta no recurrió a símbolos, arquetipos ni sincronicidad.

Buscó un mecanismo físico.

Y esto es precisamente lo que vuelve tan interesante su propuesta para nuestra investigación.

La teoría de Seymour en tres fotos mentales

Podemos imaginar su propuesta de una manera muy sencilla.

1. El sistema solar como una orquesta

Los planetas no están flotando aisladamente en el espacio.

Forman parte de un sistema dinámico.

Seymour se preguntó si determinadas configuraciones planetarias podían participar, mediante interacciones gravitatorias y magnéticas, en modulaciones de la actividad solar.

2. La Tierra recibe el eco

El Sol interactúa permanentemente con nuestro planeta a través del viento solar.

Sus variaciones afectan el entorno magnético terrestre: nuestra magnetosfera.

Podríamos imaginar que algo de aquella música del sistema solar llega así al ambiente físico en el que se desarrolla la vida terrestre.

3. El organismo como una antena sensible

Y aquí aparece la parte más audaz de su hipótesis.

Seymour propuso que los organismos vivos podrían presentar sensibilidad a determinadas variaciones geomagnéticas y que el sistema nervioso en desarrollo podría participar de esa sensibilidad.

Dicho de una manera muy sencilla, la cadena que imaginaba era:

planetas → actividad solar → campo geomagnético terrestre → organismos vivos.

O, si queremos conservar la imagen:

el sistema solar toca, la Tierra recibe y el organismo participa de esa música.

Seymour intentaba así pensar un posible puente físico entre el sistema solar y la vida en la Tierra.

Pero esto no significa que Seymour haya demostrado la astrología

Esta distinción es fundamental.

Una cosa es proponer un mecanismo físicamente investigable y otra muy diferente es haber demostrado que una determinada posición planetaria produce un rasgo psicológico, un acontecimiento o una configuración de Carta Natal.

Seymour formuló una hipótesis.

No necesitamos convertirla en una demostración que no es.

Y, en realidad, tampoco necesitamos que lo sea.

No necesitamos saber física para usar la astrología.

A mí Seymour me interesa porque se animó a preguntar si aquello que nosotros observamos astrológicamente podría tener también algún nivel de mediación física.

Nada más.

La física se la podemos dejar a los físicos.


A nosotros nos interesa seguir pensando.

Causalidad dentro del campo

Y aquí podemos recuperar algo fundamental.

Pensar frecuencialmente no significa eliminar la causa y el efecto.

Imaginemos una tormenta solar que produce determinadas modificaciones en el ambiente geomagnético terrestre.

Allí podemos investigar relaciones físicas, medir variables, buscar mecanismos y establecer —cuando la evidencia lo permita— cadenas causales.

Nada de eso contradice necesariamente una mirada de campo.

Porque:

la mirada frecuencial no elimina la causa y el efecto.


Los contiene dentro de una configuración mayor.

A veces pareciera que tuviéramos que elegir entre dos posibilidades:

o existe causalidad física,

o existe una correspondencia simbólica.

Tal vez la pregunta esté mal planteada.

Pueden existir procesos causales en determinados niveles de organización y, al mismo tiempo, esos procesos formar parte de sistemas muchísimo más complejos.

Una célula tiene mecanismos causales.

Un sistema nervioso también.

Un organismo también.

La Tierra posee dinámicas físicas propias.

El sistema solar también.

Cada nivel puede ser estudiado en sus mecanismos particulares sin que por eso tengamos que reducir la totalidad a una única cadena lineal de causas y efectos.

Frecuencia no significa negar causalidad.


Significa dejar de creer que la causalidad agota la explicación.

Y entonces aparece otra pregunta

Supongamos, por un momento, que algún día pudiéramos demostrar con enorme precisión que determinada configuración del sistema solar produce una modificación física mensurable en el ambiente terrestre.

Todavía quedaría una pregunta gigantesca:

¿cómo pasamos de una variación física a una imagen, una emoción, un sueño, una conducta o un acontecimiento cargado de significado?

Ahí el problema deja de ser solamente físico.

Porque un campo electromagnético no explica por sí mismo por qué Marte aparece desde hace milenios asociado al combate, la sangre, el deseo, la afirmación, el corte y la acción.

Ni explica por qué una misma configuración puede manifestarse de maneras tan diferentes en distintas personas y circunstancias.

Seymour puede ayudarnos a pensar un posible mecanismo.

Pero el mecanismo no agota el significado.

Y aquí volvemos a la Astrología Frecuencial.

La pregunta ya no es solamente:

¿qué fuerza produce qué efecto?

También necesitamos preguntarnos:

¿cómo una misma cualidad puede desplegarse en diferentes niveles y adquirir formas completamente distintas sin perder algo de su patrón original?

Ese es el territorio que comienza a abrirse cuando dejamos de pensar solamente en objetos separados y empezamos a pensar en configuraciones, relaciones y campos.

Tres caminos para pensar una misma pregunta

Hasta aquí llegamos a una pregunta que atraviesa toda la astrología:

¿qué relación existe entre el movimiento del cosmos y la experiencia humana?

No todos los investigadores que se hicieron esta pregunta buscaron la respuesta en el mismo lugar.

Y distinguirlos es importante porque nos permite comprender mejor qué aporta cada perspectiva.

Podríamos reconocer, al menos, tres caminos diferentes.

Percy Seymour: buscar el mecanismo

Seymour intenta responder desde la física.

Su pregunta podría formularse así:

¿existe algún mecanismo natural mediante el cual las configuraciones del sistema solar puedan relacionarse con procesos terrestres y biológicos?

Su búsqueda es fundamentalmente causal y mecanicista.

Y esto no es una limitación.

Es exactamente la pregunta que un científico puede intentar investigar: cómo ocurre físicamente una interacción.

Pero saber cómo ocurre algo no necesariamente nos dice qué significa.

Y ahí aparece otro camino.

Richard Tarnas: el cosmos y el significado

Richard Tarnas, filósofo e historiador cultural estadounidense, nacido en Ginebra en 1950, investigó durante décadas las correspondencias entre los ciclos planetarios y los grandes patrones arquetípicos de la experiencia humana y de la historia.

Estudió en Harvard, se formó en historia intelectual occidental y psicología profunda, obtuvo su doctorado en 1976 y pasó diez años en el Instituto Esalen, donde estuvo en contacto estrecho con figuras como Stanislav Grof, Joseph Campbell, Gregory Bateson y James Hillman. Actualmente es profesor emérito del California Institute of Integral Studies.

Richard Tarnas aborda el problema desde un lugar muy diferente.

No intenta demostrar que Saturno emite una fuerza que produce determinados acontecimientos históricos.

Observa otra cosa.

Al estudiar grandes ciclos planetarios y compararlos con extensos períodos de la historia, encuentra correspondencias entre determinadas configuraciones celestes y ciertos patrones arquetípicos que aparecen reiteradamente en la experiencia humana y colectiva.

La pregunta ya no es solamente:

¿Qué causa esto?

La pregunta comienza a ser:

¿Por qué determinados momentos del cosmos y determinados momentos de la experiencia humana parecen compartir una misma cualidad?

Aquí entramos en el terreno de la correspondencia.

El acontecimiento histórico no sería simplemente un efecto producido por un planeta.

El movimiento planetario y el acontecimiento pueden ser pensados como expresiones diferentes de un mismo patrón.

Ya no tenemos necesariamente:

planeta → causa → acontecimiento.

Tenemos algo más parecido a:

una configuración que se expresa simultáneamente en distintos niveles.

Tarnas nos permite entonces recuperar algo que Seymour, por la naturaleza misma de su investigación, no intenta explicar:

el significado.

¿Por qué ciertas configuraciones parecen corresponderse no solamente con acontecimientos, sino con determinadas temáticas, imágenes, conflictos y transformaciones?

Aquí la astrología vuelve a encontrarse con su dimensión simbólica y arquetípica.

Pero todavía podemos avanzar un poco más.

Eugenio Carutti: la matriz y el campo

Con Carutti aparece otro desplazamiento.

La pregunta deja de concentrarse exclusivamente en el planeta, en el individuo o incluso en la correspondencia entre ambos.

El foco se desplaza hacia la configuración.

Hacia la matriz.

Hacia las relaciones.

Desde esta perspectiva, quizás nuestro problema comienza cuando intentamos separar demasiado rápidamente aquello que observamos.

El planeta por un lado.

La persona por otro.

El acontecimiento por otro.

El símbolo por otro.

Y después intentamos descubrir cómo se conectan.

¿Pero qué ocurre si aquello que separamos forma parte, desde el comienzo, de una misma configuración?

Entonces la relación deja de ser solamente entre dos objetos.

Lo fundamental pasa a ser el campo de relaciones en el que esos objetos adquieren sentido.

Esto permite comprender mejor una idea central de la astrología.

Un planeta aislado no dice prácticamente nada.

Marte no significa lo mismo en todas las Cartas.

Necesitamos observar en qué signo se encuentra, en qué casa, qué aspectos forma, qué otras configuraciones participan y en qué momento del ciclo estamos observándolo.

La astrología misma nos obliga a pensar matricialmente.

Nada significa por sí solo.


Significa dentro de una configuración.

Y esto vale también para el ser humano.

No somos individuos aislados sobre los que actúan fuerzas cósmicas exteriores.

Somos nodos dentro de redes de relaciones: biológicas, familiares, sociales, culturales, terrestres y, desde la perspectiva astrológica, también solares.

El campo no es simplemente el escenario donde ocurren las cosas.

La relación forma parte de aquello que las cosas son.

Mecanismo, significado y campo

Ahora podemos ver con mayor claridad que estas perspectivas no necesariamente tienen que competir entre sí.

Seymour pregunta por el mecanismo.

Tarnas investiga la correspondencia y el significado.

Carutti pone el acento en la matriz, la relación y el campo.

Cada uno está mirando un nivel diferente del problema.

Y ninguno, por sí solo, parece agotarlo.

Porque incluso si encontráramos un mecanismo físico que relacionara determinados procesos solares y geomagnéticos con organismos terrestres, todavía tendríamos que comprender por qué esa interacción adquiere determinadas formas simbólicas.

Y aunque reconociéramos patrones arquetípicos que atraviesan simultáneamente la historia y las configuraciones planetarias, todavía podríamos preguntarnos cómo se encarnan esos patrones en un organismo concreto.

Y aunque pensemos todo como una gran matriz de relaciones, necesitamos comprender qué sucede cuando esa matriz se convierte en experiencia.

Aquí es donde comienza mi propia investigación.

Astrología Viva: un puente hacia el futuro

Hay algo que para mí pertenece a la experiencia misma de la astrología.

Una Carta Natal simboliza una configuración organizada de potencialidades.

Podemos encontrar, por ejemplo, una enorme prevalencia de Fuego. O una configuración marcadamente plutoniana. O saturnina. O una fuerte presencia de Agua.

Y eso se expresa.

Después vendrá la historia de esa persona, su familia, su cultura, sus vínculos, sus experiencias y el grado de conciencia con que pueda vivir esa configuración.

Las formas serán diferentes.

Pero algo de esa cualidad original buscará forma a lo largo de su vida.

Y es justamente aquí donde vuelve a interesarme la idea de frecuencia.

¿Cómo se hace cuerpo una configuración?

Nuestro cuerpo no es una materia inmóvil.

El cerebro posee actividad eléctrica. Existen ritmos y oscilaciones cerebrales que podemos registrar. Nuestro organismo produce campos electromagnéticos y la ciencia dispone hoy de instrumentos capaces de medir fenómenos que durante muchísimo tiempo fueron inaccesibles a nuestros sentidos.

También sabemos que los organismos vivos producen emisiones fotónicas ultradébiles.

Aquí resulta particularmente sugerente el trabajo del biofísico Fritz-Albert Popp, quien investigó estas emisiones —conocidas como biofotones— y se preguntó por su posible relación con procesos de organización y coherencia de los sistemas vivos.

No necesito que estas investigaciones demuestren la astrología.

Me interesan por otra razón.

Me hacen imaginar.

¿Qué podremos medir dentro de cincuenta años?

¿Y dentro de cien?

¿Hasta dónde podremos conocer los campos, ritmos y formas de organización de un organismo vivo?

Y entonces aparece una imagen que me resulta fascinante.

¿Podremos algún día medir un campo marcial?

Imaginemos por un instante el futuro.

Nace un niño.

Podemos observar su cerebro, su sistema nervioso y su organismo con instrumentos infinitamente más sensibles que los actuales.

Y quizás algún día podamos reconocer configuraciones de campo.

Una determinada organización extremadamente intensa, concentrada, transformadora, que desde nuestro lenguaje astrológico reconoceríamos como plutoniana.

Otra veloz, excitatoria, impulsiva, orientada hacia la acción, que llamaríamos marcial.

Otra expansiva.

Otra saturnina.

Otra neptuniana.

No estoy diciendo que Marte sea una frecuencia cerebral ni que Plutón pueda reducirse a una determinada cantidad de hercios.

Estoy imaginando algo mucho más simple y, para mí, mucho más fascinante:

que quizás algún día podamos medir aspectos de una organización que hoy la astrología percibe y simboliza mediante otro lenguaje.

Tal vez instrumentos futuros nos permitan observar dimensiones del ser humano que hoy todavía permanecen invisibles.

No lo sé.

Pero me interesa profundamente la pregunta.

Porque si la frecuencia es anterior a la forma, aquello que después reconocemos como una determinada manera de sentir, reaccionar, vincularnos, desear o actuar quizás tenga niveles de organización mucho más profundos de los que actualmente podemos registrar.

Y entonces aquella expresión que tantas veces utilizo adquiere para mí todo su sentido:

el cosmos se hace célula.

La Carta Natal simboliza una configuración.

La vida le dará innumerables formas.

Y quizás la ciencia del futuro pueda observar algunas dimensiones de esa configuración que hoy todavía no puede ver.

¿Cómo se vería una Carta Natal en el cuerpo?

Acá viene mi locurita.

Y me permito imaginarla.

Marte/Aries: activación, impulso motor, velocidad de respuesta, encendido, acción.

Venus/Libra: regulación vincular, sincronización, resonancia con el otro, búsqueda de equilibrio.

Mercurio/Géminis: velocidad de transmisión, plasticidad, asociación, intercambio de información.

Plutón/Escorpio: intensidad, concentración, potencia instintiva, respuesta extrema y capacidad de transformación.

No estoy diciendo que estas correspondencias hayan sido establecidas por la neurociencia.

Estoy haciendo otra cosa:

estoy imaginando cómo podría verse biológicamente aquello que nosotros reconocemos astrológicamente como una configuración.

Quizás dentro de algunas décadas, cuando nazca un bebé en una clínica, además del Apgary las mediciones habituales, podamos realizar un mapeo extraordinariamente preciso de su organización neurobiológica.

Y alguien mire una pantalla y diga:

Miren la actividad de esta red. Qué intensidad. Qué concentración. Qué potencia de respuesta tiene este organismo.

Y quizás un astrólogo, mirando simultáneamente su Carta Natal, piense:

Mirá ese Plutón. Mirá ese Marte.

¿Locura?

Puede ser.

Pero me encanta hacerme la pregunta:

¿qué podremos ver mañana que hoy todavía no tenemos instrumentos para ver?

No imagino una máquina que imprima:

Escáner: 40 % Plutón en Escorpio.

Aunque confieso que la imagen me divierte.

Imagino algo bastante más interesante.

Dos lenguajes observando una organización desde lugares diferentes.

La neurobiología describiendo sus redes, ritmos, campos, conectividad y modos de regulación.

La astrología describiendo simbólicamente una configuración del sistema solar en el instante del nacimiento.

Y quizás descubramos correspondencias que hoy ni siquiera sabemos formular.

O quizás no.

Pero quiero conservar abierta la pregunta.

Dos mapas.


Dos maneras de mirar.


Una misma persona.

Me gustaría imaginar un tiempo en el futuro en el que las configuraciones astrológicas puedan ser visualizadas en la configuración de un cerebro. No porque necesite esa prueba. Para nada. Porque yo ya lo sé.

Sino porque quizás pueda ayudarnos a los seres humanos a comprender nuestro potencial, ese pedacito de cielo que a cada uno nos toca desenvolver y, sobre todo, a comprender que podemos hacerlo de múltiples, infinitas formas, a medida que vayamos ampliando nuestra conciencia e integrando cada elemento de nuestra configuración natal celeste.

De la Matriz Zodiacal a la Matriz Planetaria

En Cosmos, Psique y Cerebro comencé a sentar las bases de esta aproximación entre diferentes campos del conocimiento a partir de la Matriz Zodiacal.

La investigación que se abre ahora avanza hacia la Matriz Planetaria.

Porque si las matrices zodiacales expresan cualidades fundamentales, los planetas introducen funciones, dinámicas y modos específicos mediante los cuales esas cualidades encuentran forma.

Y volvemos entonces al punto de partida de toda esta investigación:

la frecuencia es anterior a la forma.

La forma cambia.

Una misma cualidad puede hacerse cuerpo, emoción, imagen, vínculo, conducta o acontecimiento.

Quizás en el futuro dispongamos de instrumentos capaces de percibir dimensiones de esa organización que hoy todavía permanecen invisibles.

Mientras tanto, la astrología nos ofrece otro mapa.

Un lenguaje simbólico para observar cómo el cosmos encuentra forma en la experiencia humana.

De la frecuencia a la forma.


Del cosmos a la célula.


Del cielo a la experiencia.

Un abrazo fuerte, y hasta el próximo encuentro.

Gabriela Ciminieri

 
 
 

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ASTROLOGIAVIVA  2020 - Gabriela Ciminieri

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