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Sobre el Placer y el Dolor

¿Por qué el patriarcado teme a nuestro placer? El dolor y la sombra colectiva en el cuerpo femenino. Por Gabriela Ciminieri.

Desde la literatura y la filosofía

En la historia de la literatura y la filosofía occidental, la idea de que el dolor y el placer son dos caras de la misma moneda tiene raíces muy antiguas. Son dos fuerzas indisolubles. Platón (427–347 a.c.) exploró esta sincronía en Fedón. Uno de los testimonios más antiguos y bellos de esta dualidad aparece en este diálogo, al inicio de la obra, cuando a Sócrates le quitan los grillos de las piernas. Al sentir el alivio, comienza a frotarse la pierna y dice algo extraordinario:

Qué cosa tan extraña, amigos, parece ser eso que los hombres llaman placer, y qué admirablemente está dispuesto por la naturaleza respecto a lo que se considera su contrario, el dolor. No quieren presentarse ambos a la vez en el hombre; pero si se persigue a uno y se le captura, casi siempre se está obligado a coger también el otro, como si estuvieran ligados a una sola cabeza.

Platón sugiere que si Esopo hubiera escrito una fábula sobre el placer y el dolor, habría dicho que los dioses intentaron reconciliar a estos dos enemigos y, al no poder, les ataron las cabezas, por lo que donde va uno, le sigue el otro.

Marqués de Sade (1740–1814)

Si damos un salto hacia una literatura más transgresora y enfocada puramente en el cuerpo, Sade es el autor que rompe el tabú de su separación. Para Sade, el dolor no es el opuesto del placer, sino su combustible. Argumentaba que la intensidad del dolor físico o mental agudiza el sistema nervioso, actuando como un catalizador que despierta los umbrales más profundos del placer y la estimulación, una idea que más tarde la psicología recogería como masoquismo y sadismo.

Friedrich Nietzsche (1844–1900) – La Gaya Ciencia y AsíHabló Zaratustra

Nietzsche llevó esta unión al terreno de la evolución psíquica y la vitalidad. Para él, extirpar el dolor implicaba castrar la capacidad de sentir un placer profundo. En La Gaya ciencia escribe:

¿Y si el placer y el dolor estuvieran de tal modo unidos por una sola cuerda que quien quiera tener la mayor cantidad posible de uno deba tener también la mayor cantidad posible del otro?

 

Nietzsche ve el dolor como la resistencia necesaria (el peso, la montaña) para que el placer y la alegría (el desborde de energía) cobren verdadero sentido y relieve biológico y existencial.

Sidonie-Gabrielle Colette, (1873-1954) – Lo Puro y lo Impuro

Desde una perspectiva literaria que habita y defiende el cuerpo femenino y el erotismo sin censura moral, Colette explora cómo los placeres físicos rozan constantemente los límites del dolor, el agotamiento y la melancolía. En su obra desmantela la mirada clínica masculina para hablar de la experiencia sensorial cruda, donde el goce y el sufrimiento carnal coexisten en una tregua constante.

Desde la neurobiología

Como ves, la literatura tradicional ya intuía lo que hoy sabemos: que el sistema nervioso procesa ambas experiencias a través de vías y neurotransmisores íntimamente entrelazados, donde la intensidad de uno define la profundidad del otro. El dolor y el placer.

Para entender cómo el dolor y el placer comparten el mismo camino en nuestro cerebro, imaginate que dentro de la cabeza tenemos una suerte de gran autopista central con una sola cabina de peaje.

Aunque el dolor y el placer parecen enemigos íntimos, a nivel biológico utilizan la misma infraestructura y los mismos trabajadores para procesar la intensidad de lo que vivimos.

En el centro del cerebro hay una estructura llamada núcleo accumbens (la central del placer y la motivación) y otra zona llamada sustancia gris periacueductal (la central del control del dolor). Ambas están interconectadas por un cableado directo.

Cuando experimentamos un dolor físico muy intenso, el cerebro se asusta y activa inmediatamente un mecanismo de emergencia. Para que ese dolor no nos vuelva locos, la central del dolor ordena liberar endorfinas y encefalinas, que son los opuestos químicos del dolor: ¡son nuestros propios opuestos naturales de la morfina!

¿Qué pasa entonces? Esas endorfinas inundan la central del placer. Por eso, después de un dolor agudo (como un entrenamiento físico extremo, un parto, o un tatuaje), suele aparecer una oleada de alivio, paz o incluso un éxtasis profundo. El cerebro apaga el dolor encendiendo el placer.

Por otro lado, la dopamina es el neurotransmisor que nos dice: "¡Prestá atención a esto!". Tradicionalmente se la llamó la "molécula del placer", pero hoy sabemos que en realidad es la molécula de la intensidad y la novedad.

Si sentís un placer enorme, la dopamina sube. Si sentís una amenaza o un dolor fuerte, la dopamina ¡también sube! 

Para el cerebro profundo, un pico de dopamina significa que está pasando algo crucial para la supervivencia del cuerpo. El dolor y el placer comparten este botón de volumen. Cuando la intensidad es muy alta, la frontera entre ambos estímulos se vuelve borrosa porque la autopista neuronal está funcionando al máximo.

Asimismo, tenemos una corteza oculta en el cerebro llamada ínsula, que funciona como un mapa en tiempo real de lo que pasa en la piel y los órganos. La ínsula no juzga si algo es bueno o malo; simplemente mide la magnitud de la sensación térmica, la presión y el contacto.

Cuando el estímulo en el cuerpo es muy potente, la ínsula se enciende por igual. Es la mente consciente (las capas más externas y lógicas del cerebro) la que decide ponerle la etiqueta de esto duele o esto me gusta, dependiendo del contexto, la seguridad y el deseo.

Como vemos, el dolor y el placer van juntos porque el cerebro utiliza la misma balanza para medirlos. No son dos caminos separados, sino un único sube y baja biológico: cuando el dolor presiona un lado con fuerza, el cerebro responde liberando la química del placer en el otro para recuperar el equilibrio.

Desde la astrología

Desde los arquetipos planetarios asociamos el placer y el dolor con el eje Tauro-Escorpio, el eje de la materia, el deseo y la transformación. El eje del placer y el dolor.

Tauro es el Placer Sencillo y la Homeostasis. Rige el cuerpo físico, la piel, los sentidos y la capacidad de gozar de la materia. Es el principio de conservación y bienestar: el placer por el placer mismo, el contacto, la quietud y la estimulación agradable. Biológicamente, Tauro busca el equilibrio, la calma, que nada duela. Es el tejido vivo en estado de disfrute receptivo.

Escorpio, su opuesto complementario, entra en escena cuando el estímulo cruza la frontera de lo conocido. Escorpio rige la intensidad pura, las crisis, el dolor y la metamorfosis. Si Tauro es la piel intacta que goza, Escorpio es la entrega, el desgarro necesario para que algo nuevo nazca, la pérdida de control y el éxtasis que surge tras atravesar la crisis.

Pero este es un eje que une el placer con el dolor, el orgasmo con la pequeña muerte.

Cuando unimos ambos signos en el cuerpo entendemos por qué los franceses llaman al orgasmo la petite mort. Empezamos en el territorio de Tauro, el placer sensorial de la piel, los neurotransmisores subiendo lentamente. Pero cuando la intensidad llega al clímax, el ego muere por un instante, el control se rompe y entramos en territorio Escorpio, la entrega absoluta, donde el espasmo roza el umbral del dolor físico pero se traduce en el máximo placer liberador.

No existe un Escorpio profundo sin la sustancia biológica de Tauro, y no existe un Tauro vivo que no necesite la intensidad escorpiana para no estancarse. Son, tal como pasa en el cerebro con el peaje compartido, la misma autopista de la energía vital.

Nuestro Libro Klithorian

Sincrónicamente con el lanzamiento de Klithorian, en junio 2026, un libro que habla justamente del placer y el dolor, acontece en la Argentina, una vez más, un horroroso crimen de una jovencita de 14 años que dejó a la población en estado de absoluta indignación, dolor e impotencia.

Este libro contiene 11 capítulos escritos por 11 seres que hablan de su dolor. Paradójicamente nuestro libro se titula Klithorian, aludiendo a ese único órgano del cuerpo femenino cuya única función es el PLACER.

Mi Capítulo es el número 10 y ahonda precisamente en  esta temática arquetípica. Se titula Lilith en el Cuerpo y está escrito para todas aquellas mujeres que aprendieron que el placer era peligroso, que el deseo asustaba, que ser demasiado tenía un costo.

Cuando la cultura interviene el cuerpo

Esta autopista natural, biológica y sagrada, suele ser profundamente intervenida por la cultura. Y cuando la realidad se me presenta desgarradora, mi ancla está en el símbolo: en la Astrología como lenguaje simbólico y en Carl Jung con su psicología profunda.

Desde Jung entendemos que la psique colectiva arrastra una sombra densa respecto al cuerpo y al deseo, especialmente cuando se trata del cuerpo femenino. La sociedad, incapaz de integrar su propia pulsión y de regular el deseo de manera sana, opera como un sistema enfermo: proyecta su propia sombra reprimida sobre el eslabón más vulnerable.

Es lo que vemos cotidianamente en una sociedad que, ante el horror de la violencia o el abuso, da una torsión perversa y señala a la víctima como provocadora. Jung explicaba que se culpa al espejo para no mirar la monstruosidad del propio rostro. Se introduce el dolor de la culpa y la vergüenza para adoctrinar y domesticar a Venus, haciéndole creer que su belleza, su magnetismo o su derecho a brillar son los causantes del daño. De esto se trata mi capítulo y el mito de Lilith que allí desarrollo.

El dolor y el placer van juntos, sí, pero en la entrega libre y soberana de nuestra propia metamorfosis, jamás bajo el sometimiento de una cultura depredadora. Al recuperar el derecho a pulsar, a gozar y a sentir la intensidad de la vida, hackeamos el trauma que intentaron imponernos. El cuerpo es nuestro territorio sagrado.

En países como Afganistán, el ejemplo más extremo de segregación absoluta en el planeta, las mujeres han sido borradas de la vida pública por decreto, tienen prohibido asistir a la escuela secundaria y a la universidad, no pueden trabajar en ONGs, oficinas públicas ni en la mayoría de los sectores comerciales. No pueden entrar a parques públicos, gimnasios ni baños públicos. Deben salir a la calle completamente cubiertas (burka) y obligatoriamente acompañadas por un mahram (un guardián varón de su familia). También la República Islámica de Irán sostiene una segregación basada en la pureza y el control del espacio. Aunque las mujeres acceden a la universidad, el día a día está profundamente dividido: el transporte público (colectivos y vagones de subte), las escuelas y las playas están estrictamente segregados por sexo. La ley impone el uso del hiyab (velo). No llevarlo o usarlo "mal" implica la detención por la Policía de la Moral, un sistema diseñado para recordarles que el espacio público no les pertenece por derecho propio, sino bajo las condiciones del estado clerical.Tienen prohibido cantar como solistas en público o asistir a estadios de fútbol masculinos (salvo excepciones muy controladas bajo presión internacional). Luego, Arabia Saudita que, aunque en los últimos años el país inició reformas (las mujeres ya pueden manejar, viajar solas e ir alos restaurantes ya no están obligados a segregar las entradas), el trasfondo cultural del sistema de tutela sigue operando fuertemente en el ámbito privado. Muchas mujeres aún dependen del permiso de su padre, esposo o hermano para casarse, divorciarse o tomar decisiones de salud reproductiva. En Yemen y Pakistán, más allá de lo que digan las leyes de las capitales, en las zonas rurales rige la tradición del Purdah (que significa literalmente "cortina" o "velo"). Es la práctica de ocultar completamente a las mujeres de los ojos de los hombres que no son de su familia. Viven confinadas en las zonas traseras de las casas y su interacción con el mundo exterior es prácticamente nula. El espacio público es propiedad exclusiva del varón. Todos mis hermanos y sus familias y mi hija mayor, Clara, periodista,han viajado extensivamente por varios de estos países y vivido largos períodos en estos lugares. Sus relatos hielan la sangre.

Y ni hablar de la mutilación genital femenina, la ablación, una de las expresiones más extremas y crueles de la amputación del placer y el dolor infligido sobre el cuerpo de las mujeres. Es, literalmente, el intento físico y cultural de extirpar a Venus y exiliar a Lilith desde la infancia.

En nuestro planeta es una práctica cultural en ciertos lugares de África, como Somalia y Sierra Leona, Egipto, Sudán y Etiopía; en Asia y Oriente Medio, que aunque más invisibilizada, los censos muestras números muy altos, en Indonesia, Malasia, Yemen e Irak.

Todo esto demuestra cómo el intento de controlar el eje Tauro-Escorpio (la materia y el goce) ha llegado a niveles de carnicería física a lo largo de la historia.

 

Carl Gustav Jung

Si miramos todo esto a través de los lentes de Jung, él tendría una visión sumamente profunda, tanto de la unión del dolor y el placer como de la ceguera de esta sociedad patriarcal que culpa a la víctima.

Para Jung, la psique humana se rige por el principio de la enantiodromía (un concepto que tomó de Heráclito), que significa que, tarde o temprano, todo se transforma en su opuesto. El dolor y el placer no son líneas paralelas, sino polos de una misma energía psíquica (la libido).

Jung afirmaba que no hay nacimiento de la conciencia sin dolor. El dolor es el quiebre de la estructura vieja (Escorpio), la crisis necesaria para que la psique despierte. 

Si nos quedamos solo en el placer cómodo (el polo bajo de Tauro), la psique se estanca, se infantiliza y no evoluciona.

Jung explicaba que la tensión insoportable entre el dolor (el sufrimiento de la neurosis o el trauma) y el deseo de placer (la pulsión de vida) es lo que obliga a la psique a crear un símbolo sanador. En nuestro caso, cada capítulo del Libro Klithorian es ese símbolo: la medicina que une el dolor de la herida con el placer de la reconquista.

Jung sería implacable con la sociedad patriarcal. Él explicaría este horror a través de su concepto central: La Proyección de la Sombra Colectiva.

Cuando la sociedad señala a la víctima con el ojo de la inquisición (sea a la niña de 11 años con su flamante sostén de mi historia en Klithorian, o a las víctimas de abusos severos) y la acusa de provocadora, lo que está haciendo es proyectar su propia sombra sexual reprimida y destructiva.

El patriarcado, al no poder hacerse cargo de su propia perversión, su violencia y su incapacidad de regular el deseo de forma sana, deposita el pecado en el cuerpo de la mujer. Jung diría que la sociedad actúa como un enfermo psíquico: culpa al espejo (la víctima) para no verse su propio rostro.

Lilith es el aspecto de la Gran Diosa, de lo Femenino Puro, que el patriarcado no pudo domesticar y, por ende, enterró en el inconsciente colectivo bajo la etiqueta de demonio o prostituta. Al señalar a una mujer libre o culpar a una víctima por su sensualidad, la sociedad está reaccionando con terror ante el retorno de esa sombra exiliada que exige ser integrada.

Rescatar a la Venus herida de la sombra colectiva es transformar el veneno del patriarcado en oro alquímico para sanar a la sociedad.

Cuando Plutón se desconecta de la sensibilidad y sensualidad de Venus y Tauro se convierte en el depredador. El criminal no experimenta una unión de dolor y placer en un sentido evolutivo; experimenta el placer sádico del control total sobre la vida y la muerte de un vulnerable. Para la víctima, solo hay dolor, terror y anulación. No hay transmutación posible en el momento del acto violento.

Cuando los arquetipos de Venus y Plutón se tensan o se expresan en su sombra colectiva más baja, tocan precisamente la temática de la violencia de género, el abuso de poder sobre los cuerpos y el horror de la trata.

Venus representa el valor de la vida, las mujeres, las niñas, el goce del cuerpo y la dignidad humana.

Plutón en su sombra representa las redes subterráneas, lo mafioso, el desecho, la impunidad y el intento de someter la luz de Venus a través del trauma. 

Casos tan espantosos como el de Agostina nos recuerdan que la sombra colectiva puede ser atroz.

Lilith es justamente el arquetipo que se planta ante el abuso, la que prefiere el exilio antes que la sumisión y la que reclama la soberanía absoluta de la carne y el deseo frente a los depredadores.

Frente a la barbarie, la neurobiología, la astrología y la psicología profunda nos sirven para entender la maquinaria del trauma, pero nunca para justificarla ni para romantizarla. El dolor del abuso no es el combustible del placer; es la herida abierta que la sociedad y la justicia tienen la obligación de sanar y castigar.

Estos ultrajes revelan el momento exacto en que la herida colectiva del patriarcado cae sobre el cuerpo de una niña que solo celebra su propia primavera.

Es el choque brutal entre la inocencia del despertar de Venus, el disfrute, el estrenar ropa, el sentirse linda y habitar el propio cuerpo con orgullo, y la proyección del entorno, que introduce la culpa, la vergüenza y el tabú.

El patriarcado funciona como un proyector ciego: es el entorno el que está lleno de tabúes y complicidad, pero en lugar de hacerse cargo de su propia distorsión, proyecta la culpa en el eslabón más vulnerable. Lo hicieron con Lilith en el mito, lo hicieron con cada una de las niñas ymujeres víctimas de violencia. En Argentina hay un femicidio cada 35 horas. Se registran un promedio de entre 250 y 270 femicidios directos por año. Esto se traduce, de forma casi matemática y escalofriante, en el asesinato de una mujer por razones de género prácticamente todos los días en el país.

La provocación no existe; lo que existe es una cultura depredadora que no tolera la soberanía de los cuerpos. El dolor fue el mecanismo de control, pero el placer recuperado es la llave de la liberación.

Eros y Tánatos

Si estamos hablando del eje Tauro-Escorpio, del dolor, del placer, de Lilith y de cómo responde el cuerpo, estamos hablando directamente de las dos pulsiones primordiales que describió el psicoanálisis y que la neurobiología traduce como los sistemas de recompensa / vida frente a los de supervivencia / alerta.

Eros y Tánatos en el Cerebro: La neurobiología del placer y el dolor en el eje Tauro-Escorpio.

Eros (Tauro / El Placer / El Clítoris / Sistema Parasimpático), es la pulsión de vida, la expansión, la regeneración del tejido, el sesgo de recompensa y la presencia absoluta en el cuerpo.

Tánatos (Escorpio / El Dolor / La Crisis / Sistema Simpático y Eje Hipotalámico Pituitario Adrenal, es la contracción, la muerte de lo viejo, la intensidad del trauma que busca ser liberado o integrado, la sombra que, si no se expresa, destruye desde adentro (ruido cognitivo / síntoma).

Eros y Tánatos son las dos fuerzas directrices, los dos motores primordiales que mueven absolutamente todo lo que sentimos, pensamos y hacemos.

El psicoanálisis (con Freud a la cabeza) los llamó pulsiones, en Astrología Viva lo vemos también como una danza perfecta entre la expansión y la contracción, entre el acelerador y el freno biológico.

Eros, Tauro/Venus, no es solo el amor romántico; es la fuerza de cohesión. Es todo lo que une, une células para crear un cuerpo, une personas para crear vínculos, y une ideas para crear arte.

Es el deseo, el placer, el disfrute de un buen café, las ganas de vivir, la creatividad, la sensualidad y la búsqueda de bienestar.

Es el Sistema Nervioso Parasimpático en su máxima expresión. Es el estado de descanso y digestión. Aquí dominan la oxitocina (conexión), la dopamina (recompensa) y las endorfinas(placer). Cuando estamos bajo el ala de Eros, nuestros tejidos se regeneran, nuestro sistema inmune se fortalece y el cerebro está abierto al aprendizaje.

Tánatos / Escorpio / Plutón, suele traducirse como la pulsión de muerte, pero en realidad, es la fuerza de desintegración y retorno al origen. Es la energía que rompe lo viejo para que pueda surgir lo nuevo. Sin Tánatos la vida se estancaría; las hojas secas nunca caerían de los árboles y las células viejas se volverían cancerígenas.

Es la necesidad de poner límites drásticos, de terminar etapas, de ir a fondo a la sombra, de hacer catarsis. Es el dolor que transforma y la intensidad que quema lo que ya no sirve.

Es la activación del Sistema Nervioso Simpático y el Eje HPA (el sistema de estrés: hipotálamo-hipófisis-adrenal). Es la respuesta de lucha o huida, la contracción, la adrenalina y el cortisol al máximo. Está diseñado para la supervivencia pura y para soportar la crisis.

El gran secreto es que no pueden vivir el uno sin el otro. Son las dos caras de la misma moneda biológica y arquetípica.

Si solo hubiera Eros (Tauro al extremo), sería una inercia total. Un placer tan cómodo y estático que se estanca. Comer, dormir y disfrutar sin jamás cambiar, crecer ni afrontar ninguna crisis. Nos congelaríamos en la zona de confort.

Si solo hubiera Tánatos (Escorpio al extremo), sería pura destrucción, estrés crónico, trauma repetitivo y autodestrucción. El cuerpo colapsaría porque vivir en alerta constante quema el sistema nervioso.

La salud neuro-astrológica ocurre en el punto medio. Desarmar la tensión y el dolor (Tánatos / Escorpio) para poder abrir el cuerpo a la soberanía del goce y la regeneración (Eros / Tauro). Morir a lo que te daña para poder encarnar el placer de estar viva.

Nuestra civilización carga con un trauma colectivo que habita en nuestros cuerpos.

Cuando una cultura cercena a Venus, no hace desaparecer el deseo; lo deforma. Al demonizar el placer, el erotismo y la soberanía del cuerpo femenino, como ocurre en ciertos países de planeta, la civilización corta el cable a tierra de la humanidad (Eros / Tauro / Venus). Ni la física, ni la biología, ni los arquetipos lo perdonan. La energía no se destruye, se polariza.

Al asociar a Venus con el pecado, la tentación y la culpa, el sistema nos obligó a disociarnos de la biología, lo cual es muy peligroso. Venus es el registro del cuerpo, el parpadear, el sentir la piel, el sistema parasimpático que nos dice estás a salvo, podés gozar.

Al aniquilarla, se apaga la capacidad colectiva de autorregulación. Nos convertimos en una sociedad anestesiada, incapaz de sentir placer genuino, lo que genera un vacío existencial crónico.

Sin el contrapeso de la ternura y el disfrute venusino, la tremenda energía del eje (que sí o sí tiene que salir) se desplaza hacia la sombra de Escorpio y Plutón.

Si el placer está prohibido, la única forma que encuentra el cuerpo y la psique de sentirse vivos o de experimentar intensidad es a través del sufrimiento.

Un Plutón sin Venus se vuelve obsesivo, controlador y sádico. Como no hay entrega al goce (que requiere vulnerabilidad), la energía se vuelve dominación, sumisión y destrucción. Es el patriarcado en su versión más pura: el poder (potestas) sobre el otro, en lugar de la potencia (potentia) con el otro.

En el cerebro se traduce como un estado de supervivencia perpetuo:

Vivimos en permanente alerta roja, inundados de cortisol y adrenalina, viendo peligro en la intimidad, la vulnerabilidad y la entrega.

El sistema de recompensa (Venus) está hackeado: como el placer natural y soberano está prohibido o da culpa, el cerebro busca sustitutos adictivos o dinámicas de vinculación tóxicas basadas en la intensidad del drama (adrenalina) y no en la paz del goce (oxitocina).

No se trata de negar a Escorpio/Plutón, sino de rescatar a Venus del exilio para que Escorpio deje de ser sadismo y vuelva a ser alquimia, transmutación y fusión sagrada. Sanar la herida es devolverle al cuerpo el derecho al goce sin culpa.

La energía arquetípica es como el agua: si le tapás el cauce natural y luminoso en la superficie, va a forzar su salida por el submundo, infectando las napas subterráneas.

Al prohibir, demonizar y encerrar a Venus, la sexualidad y el erotismo no desaparecieron; se mudaron a la clandestinidad de Escorpio y Plutón en su versión más podrida y mafiosa. El deseo sagrado, al ser exiliado de la consciencia, se convierte en mercancía, violencia y dominación.

Cuando el submundo se traga a Venus emerge el mercado de la sombra, la trata y clandestinidad, el abuso y las violaciones.

Cuando el placer se vuelve tabú, la sociedad genera una demanda hipócrita que solo puede satisfacerse en la oscuridad. Ahí es donde florece la perversión institucionalizada: redes de trata, explotación, lugares clandestinos de sometimiento y terror. La energía venusina de la seducción y el disfrute mutuo se pervierte por completo, transformándose en el Plutón más oscuro: el de la cosificación, el secuestro de la libertad y el sadismo económico. El cuerpo ya no es el templo del goce; pasa a ser una moneda de cambio en el mercado del dolor. Ha sido así desde el inicio de los tiempos.

A nivel cerebral y vincular, este submundo funciona bajo una lógica de supervivencia extrema y disociación:

La represión de la belleza y la soberanía del cuerpo engendra monstruos. La civilización prefirió armar redes clandestinas de dolor antes que aceptar la libertad del placer femenino.

Hay una necesidad urgente de rescate biológico y cultural.

Sin embargo, el submundo no es solo la clandestinidad de las redes ahí afuera; el submundo se enquista en el living de las casas, en la intimidad de las familias donde, teóricamente, debería reinar la protección de Venus y el cuidado de la Luna.

Cuando la civilización reprime la energía del placer y disocia el cuerpo, el tabú no elimina la pulsión, la deforma y la empuja hacia adentro. El abuso intrafamiliar es la manifestación más extrema y destructiva de Plutón actuando en las sombras. Es la distorsión total del eje Tauro-Escorpio: el cuerpo del niño o de la niña (que es pura inocencia, vulnerabilidad y registro venusino/taurino) es tomado como un territorio de conquista, dominación y sadismo silencioso.

Es tiempo que miremos la radiografía de este horror que la sociedad prefiere callar cuando hace un pacto de silencio que yace en el secreto familiar.

Plutón rige los secretos guardados bajo siete llaves en el sótano familiar. El gran arma del abusador (padre, tío, hermano, primo) es la amenaza del caos y la culpa transgeneracional. Se le dice a la víctima, explícita o implícitamente: Si hablás, destruís la familia.

Para sostener una falsa armonía venusina en la superficie (mantener las apariencias del domingo familiar), la institución familiar entrega en sacrificio el cuerpo y la psique de sus propios integrantes. Es el dolor por el dolor, sostenido por generaciones que prefieren la complicidad del silencio antes que mirar el horror a los ojos.

El Impacto Neurobiológico: El Cerebro Secuestrado por el Trauma

A nivel neurobiológico, sufrir abuso por parte de quien se supone que debe cuidarte destruye los cables del sistema de apego y supervivencia. Hay un impacto neurobiológico donde el cerebro es secuestrado por el trauma.

Es una terrible paradoja. El cerebro está programado para buscar refugio en los padres ante el peligro. Pero cuando el peligro es el propio padre o cuidador, el sistema nervioso entra en un cortocircuito devastador.

Para no morir de terror, el cerebro de la víctima activa el sistema vago dorsal (congelamiento y disociación). La persona se sale de su cuerpo. Venus queda completamente mutilada: la capacidad de registrar las propias necesidades, de sentir placer sano o de poner límites corporales se apaga para sobrevivir.

El verdadero rescate de Venus y Lilith:

Sanar este nivel de trauma no es solo un proceso individual; es un acto de exorcismo cultural. Romper el secreto familiar es quitarle el oxígeno a ese Plutón sádico para que la persona pueda, por fin, volver a habitar su cuerpo, limpiar el ruido cognitivo y recuperar el derecho al goce soberano y seguro.

Los cuerpos no maquillan la realidad, hacen síntoma.

El colectivo, la sociedad, no son una abstracción flotando en el aire; es la suma matemática y vibratoria de cada psique y de cada cuerpo individual. Si el agua de la vertiente privada está contaminada por el secreto y el trauma, el río social inevitablemente va a arrastrar esa misma toxicidad.

 

El único camino posible para empezar a cambiar el mundo es cambiar cada uno individualmente. Aldous Huxley (el autor de Un mundo feliz) escribió: Quería cambiar el mundo, pero he descubierto que lo único que uno puede estar seguro de cambiar es a uno mismo.

Por duro que pueda sonar, la familia es el microcosmos del trauma colectivo. El abuso intrafamiliar y su posterior silenciamiento es el mecanismo por el cual el sistema perpetúa el estado de supervivencia en la humanidad. Cuando una familia pacta callar el horror para guardar las apariencias sostiene una mentira en la superficie (falsa armonía) a costa de destruir la biología del eslabón más vulnerable.

Inyecta en el inconsciente familiar una dosis masiva de Plutón en su versión destructiva (control, sumisión, negación).

Si pretendemos cambiar el mundo denunciando la corrupción o las redes de trata afuera, pero seguimos sosteniendo el pacto de silencio con el tío, el padre o el hermano adentro, la energía se anula. El cerebro sigue operando en modo disociación

Cuando una persona decide romper el silencio, mirar a Tánatos a los ojos y despertar su Lilith interior, valida el dolor de su propia Venus lastimada y sana su sistema nervioso, cortando el suministro de trauma que alimenta al monstruo colectivo.

Cada vez que un individuo sana y recupera la soberanía de su cuerpo, el inconsciente colectivo pierde una neurona de dolor y gana una de luz. La verdadera ecología humana empieza limpiando la propia casa.

De esto viene Lilith, en Klithorian, mi Escuela Astrología Viva, mi práctica en consultoría astrológica junguiana, mi flamante método de acompañamiento GANAR® y mi libro Cosmos, Psique y Cerebro, obra inédita que saldrá a la luz próximamente.

Gracias por llegar hasta acá y acompañarme a ser el cambio que queremos ver en el mundo.

 
 
 

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